Bitácora de naufragios

Un blog personal acerca de libros, medios, imágenes, música, actualidad, descargas, curiosidades en la red y ficciones. AUTOR: JLE

La cortesía y la contingencia sanitaria

Si México no hubiese tomado las medidas de distanciamiento social, protección personal y atención médica oportuna para enfrentar la gripe porcina, el virus podría haber matado al menos a ocho mil 605 personas, según un modelo de impacto potencial elaborado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) divulgado hoy.

No sé qué tan precisa sea la cifra de la OPS, pero resulta consoladora, pues aún es común escuchar y leer lamentos (en medios de comunicación y en redes sociales) de gente que anhela volver a apapachar y a saludar con besos a sus cercanos, luego de verse impedidos a hacerlo debido a las medidas destinadas a prevenir contagios de A H1N1. El cariño es irreprimible (si se me permite el terminajo), pero hay quien lo lleva al extremo. Eso me hace pensar que la cortesía expresada en un saludo se convierte entonces en una manifestación que, ante la mínima ausencia o interrupción, termina siendo una gran pérdida emocional.
Hay un ensayo del escritor Javier Cercas en el que hace una vindicación de la cortesía, aborda lo mal entendida que está y sus relaciones con el respeto y los afectos. Parte de una sencilla pregunta (de ecos carverianos): “¿De qué hablamos entonces cuando hablamos de cortesía?”
Con un argumento que se basa en Schopenhauer, Cercas recuerda que los hombres son como los erizos, quienes si permanecen solos se mueren de frío, mientras que si se acercan demasiado se hieren con sus púas. El ensayo no tiene pierde y es breve. A mí me ha servido para reflexionar acerca del empecinamiento por apapacharnos (a veces varias veces al día, lo cual, ante una contingencia sanitaria, resulta incluso incomprensible). En ocasiones, creo, no vendría nada mal tomar un poco de frío, aun sin emergencias de ningún tipo.

Aquí el ensayo: La cortesía de los erizos.

La nota completa de la OPS, en Excélsior.

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Umberto Eco y los nuevos soportes tecnológicos

eco

En la columna La bustina di Minerva, de Umberto Eco, que se publica en L´espresso ( “Sulla labilità dei supporti”), hace unos días se habló acerca de la labilidad de los medios de comunicación, específicamente de los nuevos soportes de esos medios. Aunque linqueo todos y cada uno de los artículos a los que aquí hago referencia, reproduzco algunas partes que me interesan (la traducción es de Anaclet Pons y la edición, con negras incluidas, mía).
Dice Eco:

Soportes lo han sido la estelas de Egipto, la tableta de arcilla, el papiro, el pergamino y, por supuesto, el libro impreso (…) Así que periódicamente se convocan reuniones y se estudian diversos medios para salvaguardar la multitud de libros que albergan nuestras bibliotecas, y uno de los más populares (pero casi imposible de aplicar a todos y cada uno de los libros existentes) es escanear las páginas y pasarlas a un soporte electrónico (…) Pero aquí se presenta otro problema: todos los soportes para transportar y almacenar información (…) que usamos en nuestros ordenadores, son más perecederos que el libro. (…) Aunque hemos tenido tiempo para darnos cuenta de lo que podía durar un disco de vinilo si no lo frotábamos demasiado, no lo hemos tenido para comprobar cuánto duraba un CD-rom, porque, siendo aclamado como el invento que vendría a sustituir al libro, ya ha sido retirado del mercado, pues podemos acceder en línea a ese mismo contenido y con costes más baratos. No sabemos cuánto durará una película en DVD, sólo sabemos que empieza a hacer extraños cuando la hemos puesto muchas veces. Casi no hemos tenido tiempo para ver cuánto podían durar los discos flexibles que usábamos en el ordenador: antes de que lo pudiéramos descubrir ya fueron sustituidos por los disquetes rígidos, y éstos por los discos regrabables, reemplazados a su vez por la memoria USB. Con la desaparición de los distintos soportes lo han hecho también las computadoras que podían leerlos (creo que ya nadie tiene en su casa un equipo en el que haya una ranura para un disquete flexible)
En fin, basta una simple alteración de la tensión eléctrica, un relámpago en el jardín (…) para arruinar una memoria (electrónica). Si hubiera un apagón que durara lo suficiente ya no podríamos usar ninguna memoria. Si hubiese guardado el Don Quijote en mi memoria electrónica, no lo podría leer a la luz de una vela ni en una hamaca ni en un barco ni en el baño (…) mientras que un libro me permite hacerlo incluso en las condiciones más adversas. Y si el ordenador o el e-book caen desde un quinto piso puedo estar matemáticamente seguro de haberlo perdido todo, mientras que si cae un libro como mucho se desencuadernará.
Los soportes modernos parecen atender más a la difusión de la información que a su preservación. El libro ha sido un insigne instrumento de difusión (pensemos en el papel desempeñado por la Biblia impresa para la reforma protestante), pero también de conservación. Es posible que en unos pocos siglos la única forma de acceder a las noticias sobre el pasado, cuando todos los soportes electrónicos hayan perdido sus propiedades magnéticas, siga siendo un bello incunable. Y entre los modernos libros, sobrevivirán muchos de los que están hechos con buen papel.
No soy un anticuado. Tengo un disco duro portátil de 250 GB en el que he cargado las mayores obras maestras de la literatura universal y de la historia de la filosofía (…) Pero me alegro de que esos libros estén en mis estantes, pues son una garantía de la memoria para cuando los instrumentos electrónicos hagan tilt”.

Resulta interesante esta visión que siendo apocalíptica resulta tenuemente integrada, para ponerlo en términos del mismo Eco (con el fin de obtener un panorama breve y conciso de lo apocalíptico y lo integrado hacer click acá). Esto porque el recelo “apocalíptico” de que “los soportes modernos parecen atender más a la difusión de la información que a su preservación” iría enfocado, en cierto sentido, no a la acumulación de datos desde una perspectiva aristocrática  (y “apocalíptica”) sino hacia el optimismo democrático y divulgador de los integrados. Ahora bien, entiendo que Eco dude con respecto a la durabilidad de esos soportes, pero creo que él mismo da un pie de certeza cuando habla de labilidad, lo que haría que la información trascendiera al soporte, que no importa si es en un USB o en cualquier otro formato susceptible de envejecer o desaparecer en menos de 5 años (por hablar de un lapso): los datos se conservarían.
De aquí pueden desprenderse muchos ángulos de análisis, como el de que los avances tecnológicos tengan un soporte endeble por electrónico y sin éste sea imposible rescatarlos (la desconfianza final en el artículo de Eco), o si los soportes actuales pueden ayudar a la democratización y el acceso masivo a la información que no se ha podido llevar a cabo con los libros. Sin embargo, el temor al fin de los viejos empastados como custodios del saber niega la capacidad básica de adaptación humana (el lamento de Alejandría, lo llamaría yo). La argumentación de Eco proviene, evidentemente, de un hombre que se ha formado con los libros y ve amenazada su concepción de “el conocer” ante la veloz dinámica tecnológica de la actualidad.
Como conclusión, encuentro dos opciones:
a) Un final para la sociedad parecido al de Farenheit 451, en esa distopía de Bradbury en la que la memoria de cada hombre es un libro, una joya universal.
b) Un futuro en el que la misma forma de conocer el mundo, de asirlo, se lleve a cabo sin libros, ni impresos ni electrónicos, sino desde un paradigma aún desconocido.
Bloque de links:
Sulla labilità dei supporti (Traducción de Anaclet Pons)
Umberto Eco: elogio del libro en la era del soporte digital
Umberto Eco
 Vía: Clionauta

—JLE

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Espejismos imperiales

Cada vez son más las voces que afirman que Estados Unidos es un imperio próximo a su fin. Esto no sólo desde la óptica internacional, sino en voz de algunas conciencias surgidas de ese mismo país. Morris Berman, crítico social estadunidense, presenta en este libro una de las visiones más desoladoras que actualmente se conocen de la american way of life.

Si los documentales de Michael Moore ponen en duda la cohesión de ese sistema llevando al ridículo sus contradicciones, Berman no deja lugar a dudas: Estados Unidos ha dilapidado el capital político y cultural que le confería el estatus de primera potencia.

Este ensayo, continuador de El crepúsculo de la cultura americana (Sexto Piso, 2007), del mismo autor, encuentra que la cúpula del gobierno estadunidense está regida por el triunfo del mesianismo sobre la razón: George W. Bush cree que su conducta sigue una verdad “revelada” más allá de la realidad y por ello no admite errores. Dicha percepción, señala Berman, ha sido alentada por la connivencia de un pueblo que padece mala educación y pérdida del pensamiento crítico. Para ejemplificar el primer aspecto el autor emplea cifras alarmantes, como la que afirma que 11% de los adultos jóvenes estadunidenses no pueden localizar su país en un mapamundi. Por otro lado, la ausencia de reflexión se hace presente en una cultura que refleja su idiosincrasia, con orgullo, en los reality shows (dos curiosos videos relativos al tema aparecen al final de esta entrada).

Todo esto lleva a Berman a equiparar la situación actual de Estados Unidos con la Roma del período tardío, y subraya que la clave de la decadencia de ese imperio fueron las contradicciones internas. Esta antesala del fin se ve decorada por lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llama la “modernidad líquida”, es decir, la carencia de un rumbo claro. Esto genera una “contingencia permanente” que afecta todos los aspectos de la vida en Estados Unidos: un panorama laboral poco prometedor, medios de comunicación que incomunican, una comunidad insegura, así como una economía que beneficia a unos pocos –aquellos que concentran el capital–, y que no sólo olvida, sino que persigue a los que menos poseen.

Además de las contradicciones internas, el libro revisa de modo acucioso la conducta bélica de Estados Unidos en el mundo –especialmente en Irán, Irak e Israel–, y encuentra una explicación basada en la siguiente fórmula: cultura del coche + suburbios = dependencia petrolera = cultura bélica. Pero, ¿qué ha resultado de esta forma de conducir el Estado? ¿Cuál es el significado del trágico 11 de septiembre? La tesis que sostiene el libro resume ese significado en pocas palabras: un gran engaño a la sociedad.

Esta obra se lee no como un panfleto antiyanqui, sino como un SOS que alberga cierta esperanza: la “teoría del péndulo” de la historia americana. Ésta, explica Berman, consiste en pensar que de vez en cuando los estadunidenses se meten en embrollos, pero se desatan fuerzas que logran alejarlos del abismo. Según se ven las cosas, ¿aún habrá tiempo?

Edad oscura americana. La fase final del imperio,
Morris Berman,
Traducción de Eduardo Barrasa,
Sexto Piso,
México, 2007
¿Qué respuestas obtendríamos si hiciéramos estas preguntas en las calles de México o de cualquier otra ciudad latinoamericana?:

Participante de Miss Teen USA teoriza acerca de por qué sus compatriotas no son muy buenos con los mapas:

-JLE

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La memoria y el terror

“La memoria empieza en el terror”. Esta frase proviene no de un psicoanalista, sino de un literato: Julio Cortázar. Su contundencia la acerca más a una ley irrevocable que a una hipótesis trivial. Eso motivó a Néstor A. Braunstein a explorar la genealogía de la memoria humana.
La revisión de los primeros recuerdos infantiles de escritores como Borges, García Márquez y Nabókov, entre otros, sirve de punto de partida para este ensayo y pone a prueba el dictus cortazariano.
En cada uno de esos casos la memoria del espanto y también el espanto de la memoria son constantes. Esto lleva a afirmar al autor que las historias personales hacen de nosotros “memorias en movimiento” acotadas por el olvido.
Los primeros recuerdos de Borges tienen que ver con su temor a los espejos y a la oscuridad —su posterior ceguera resultó una paradoja—; a Cortázar lo atemoriza el canto matinal de un gallo; a García Márquez, el miedo a ensuciar, con inmundicias, un mameluco nuevo; en los tres casos hay recuerdos amenazantes —no sabemos si verídicos— y confirman la regla. Nabókov, por otro lado, pareciera no alinearse del todo con esa tesis, en tanto que otros escritores aportan casos sumamente peculiares.
Pensado como la primera parte de una trilogía dedicada a la memoria, el texto ofrece dos lecturas: la psicoanalítica y la literaria. Es esta última la que brinda un documento novedoso para enriquecer las referencias de los escritores mencionados y de los miedos que nutrieron —felizmente para los lectores— sus universos creativos.

Título: Memoria y espanto o el recuerdo de la infancia
Autor: Néstor A. Braunstein
Editorial: Siglo XXI
Colección: Psicología y psicoanálisis
México, 2008, 278 pp.
—JLE
Publicado en Excélsior 31/06/08

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Locura y Literatura (Última parte)

El loco impuro

Un acercamiento peculiar a las Memorias… lo ha hecho Roberto Calasso en El loco impuro (Sexto piso, 2003). Casi a manera de novela, Calasso se interna en la mente de Schreber y muestra un panorama desde el punto de vista de este personaje. Toma como base lo expresado en las memorias pero lleva el destino del protagonista a un desenlace ficticio. Así, Calasso se encarga de mostrar la historia de la rama genealógica de los Schreber y de los Fleshig; al padre del ex presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde lo presenta como un pedagogo inventor de mecanismos para corregir ciertas actitudes humanas, por ejemplo: las malas posturas de los niños al estar sentados. También nos dice Calasso que el hermano mayor de Schreber se volvió loco y se suicidó. Independientemente de la veracidad en ambos casos, con su mención se sugieren elementos para comprender la posterior locura del protagonista.
El adjetivo que mejor define a esta obra es “delirante”. Sin trama genuina, El loco impuro depende demasiado de las Memorias…, ya que su lectura independiente parecería confusa en extremo. Su valor radica en la visión que reproduce desde el interior del universo schreberiano.
Si Daniel Paul Schreber es un profeta, mártir y redentor de la humanidad en Memorias de un enfermo de nervios, el narrador de El loco impuro de Calasso se convierte en su pontífice. Ambas, son obras de un fascinante mundo desquiciadamente literario.

Memorias de un enfermo de nervios, Daniel Paul Schreber. Introducción de Roberto Calasso. Editorial Sexto Piso, México, 2003, 479 pp.
El loco impuro, Roberto Calasso. Editorial Sexto Piso, México, 2003, 120 pp.
Ilustración: Óleo, Museo del Monasterio de Guadalupe. Guadalupe (Cáceres). España. Atribuido a Franscisco de Goya y Lucientes (1746-1828)

-JLE

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Locura y Literatura (Parte IV)

Esta exploración a vuelo de pájaro del universo schreberiano arroja temas y genealogías que en mucho podrían valer la comparación con esquemas mitológicos y paradigmáticos de la literatura universal:
1. En primer término está la cuestión de los arquetipos tan promovida por Jung. Como ha de recordarse, la visión arquetípica alude a ciertos conocimientos colectivos y heredados que los ancestros transmiten, mediante algún registro memorial indefinido, a sus descendientes. En Schreber pueden hallarse varios, entre ellos, la incursión de la divinidad en la psique humana mediante la locura, patrón que se repite desde la Grecia antigua, quizá desde antes.
2. Por otro lado está la estructura del relato con tintes míticos que señalaban ya los formalistas rusos, en particular Vladimir Propp. La lucha hombre (Schreber) en contra de Dios/Fleshig puede abordarse desde el esquema clásico de los “cuentos maravillosos”; algunos puntos que reproduce son: consta de un prólogo que define la situación inicial; recae en el protagonista una prohibición (locura, encierro); el agresor (Fleshig) engaña a su víctima para apoderarse de sus bienes (su alma); la víctima (el héroe loco) entra en un proceso de lucha para reparar el daño y recuperar sus “objetos mágicos” (su propia alma); el héroe recibe una nueva apariencia (emasculación); el falso héroe recibe su castigo; el héroe asciende al trono. Esta última etapa podría ser discutida: ¿Schreber obtuvo la victoria en la defensa de su alma y del orden del mundo? Luis Alberto Ayala Blanco ha sugerido una respuesta que bien puede afirmar tal cuestión:
“A fin de cuentas, Schreber demostró que su locura no era ningún impedimento para vencer lógicamente, con una precisión y una destreza inigualables, a las leyes y a la humanidad que lo habían condenado a un estado de imbecilidad irrefutable. En la Memorias… uno puede leer cómo logró, sin abdicar de sus convicciones (convicciones de un loco), que le devolvieran todos sus bienes y su libertad; en pocas palabras: terminó por dejar en ridículo la pretendida racionalidad que supuestamente debe imperar en todo hombre de bien que viva en sociedad.” “En mi enjuiciamiento por incapacidad (…) obtuve un éxito completo” decía el mismo Schreber.
Desde esta segunda perspectiva, las Memorias… cumplen las etapas más generales del “cuento maravilloso” y como tal pueden ser leídas.
3. En tercer lugar dicha obra reproduce, en parte, un paradigma novelesco: El de Don Quijote como loco libertario. El amplio campo referencial de Schreber permaneció intacto aun en su “locura” y esto es algo innegable; las alusiones a Byron señaladas párrafos arriba así lo confirman y hacen recordar el trastocamiento mental que Don Quijote padece después de leer tantas novelas de caballería.

(Sigue mañana)

-JLE

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Locura y Literatura (Parte III)

Lo anterior alude a lo que Schreber consideraba una confabulación divina en su contra. Creía que el orden cósmico del universo, esa “construcción maravillosa”, dependía sólo de él mismo; que su psiquiatra, el doctor Fleshig, estaba capacitado para manipular los rayos que comunican los nervios, órganos contenedores del alma humana, con Dios. Por ello, Dios debía ser nervio también, un nervio susceptible de ser seducido por las voluptuosidades humanas. Para no caer en tentaciones, Dios no trataba con vivos, sino sólo con muertos. Fleshig intentaba aprovecharse de esto y propiciaba un almicidio en contra del propio Schreber. Dicho almicidio no habrá de entenderse desde su etimología como un asesinato, sino como un robo del alma de otra persona para procurarse un beneficio. El fin que perseguía Fleshig al consumar el almicidio de Schreber era manipular el orden cósmico del universo. Esto se derivaba de una vieja relación entre las familias Fleshig y Schreber.
Si el equilibrio cósmico se había roto fue debido a un choque entre ambas ramas genealógicas y provocó que Dios dejara de ver al pueblo Alemán, al pueblo ario, como su elegido. Así, Dios acabó con todos los humanos; Schreber se creía el único que podía restaurar el orden del mundo, de ahí su vulnerabilidad ante el afán divino de exterminio; los seres que le rodeaban —principalmente los enfermeros de las clínicas psiquiátricas en las que estuvo recluido— eran sólo “hombres hechos a la ligera”, decía él, almas que transitoriamente cobraban forma humana pero que en realidad no eran personas comunes. Por todo esto y en un proceso natural para su defensa, Schreber intentó transformarse en mujer, lejos de la homosexualidad que posteriormente le imputaría Freud de modo simplista, en un acto de emasculación para seducir a Dios y parir una nueva humanidad.
Este destino fatal que le es dado a conocer a Schreber mediante “voces”, está acompañado por una concepción genealógica de un universo fascinante. Aquél pensaba que el fin de todas las almas era fundirse entre sí para convertirse en unidades de un orden superior, partes integrantes de Dios, “antecámaras del cielo” les llamaba. Esto ofrece, decía él, un atisbo del eterno ciclo de las cosas subyacente al orden cósmico. Cuando Dios crea algo se desprende, en cierto modo, de una parte de sí mismo, de una parte de sus nervios, pero tal pérdida aparente se resarce cuando los nervios de los hombres muertos, una vez alcanzada la buenaventura, vuelven a Dios en forma de antecámaras del cielo. Sobre éstas entidades se erguía Dios en una bipartición peculiar: un dios inferior (Arimán) y un dios superior (Ormuz). El primero sentía atracción por los pueblos de raza morena y el segundo por los arios. Esta concepción de Schreber se basa, de modo manifiesto, en una tradición persa; para él, los persas fueron “el pueblo elegido de Dios” antes de que lo fuera Alemania. A propósito, el nombre Arimán aparece ya en el Manfredo de Lord Byron, relacionado con otro almicidio y Schreber lo sabía, como también estaba al tanto de los almicidios del Fausto de Goethe y del que aparece en el Cazador furtivo de Weber.

(Sigue mañana)

-JLE

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Locura y Literatura (Parte II)

Existe una tradición en la literatura fundada en la creación de memorias o confesiones. Algunas veces tales textos alcanzan niveles artísticos tanto en la historia que cuentan como en su discurso. Un antecedente de las Memorias… de Schreber resulta ser la Apología —o Confesiones- de un loco de August Strindberg—. En ella, el dramaturgo sueco narra sus furiosos ataques de celos y las manías persecutorias que lo aquejarían desde 1887, como parte de su esquizofrenia.
El mismo año en que vieron la luz las Memorias… C. Pelman hizo una distinción entre éstas y otras obras producidas por pacientes de hospitales psiquiátricos que, después de sus reclusiones en ellos, querían hacer públicas las privaciones de su libertad a las que han sido sometidos durante sus tratamientos. Esta afirmación la hizo Pelman, según cuenta el editor y ensayista italiano Roberto Calasso, debido a que la motivación principal que aquél encontraba en Schreber para redactar esas memorias se debía a que este paranoico pretendía ofrecer su persona al juicio de los expertos como “objeto de observación científica”, en una especie de acto altruista, en beneficio de la humanidad.
Pero las Memorias… no sólo se distinguen por la causa que les dio origen, sino porque contienen una vasta genealogía de contenido artístico.
Es seguro que la amplia cultura de Schreber contribuyó a la peculiar visión del universo que en ellas muestra. Pelman exaltaba las capacidades racionales de quien aun siendo un “loco”, poseía altas dotes intelectuales cultivadas a raíz de su posición en la sociedad alemana del siglo antepasado y de sus funciones como presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde: “Que Schreber esté mentalmente sano es algo que no será aceptado por ninguna persona sensata, pero ésta no reconocerá a buen seguro de que se trata de un hombre tan intelectualmente dotado como respetable en su sensibilidad”, decía Pelman.
Schreber era doctor en derecho; tras su importante cargo en Alemania, padeció una “hipocondría” entre 1884 y 1885. Después de un breve periodo de tratamiento se “curó”. Hacia 1893 dicha “hipocondría” se acentuó de nuevo y ya no abandonó al ex presidente de la Corte de Apelaciones jamás. Fue recluido en la clínica del psiquiatra Paul Emil Fleshig, hasta mediados de 1894. Después fue trasladado al hospital privado de enfermos mentales del doctor Pearson, —la “Cocina del Diablo”, como Schreber la llamaba— y posteriormente a otro hospital en Sonnenstein.
Según los dictámenes de inhabilitación, es decir, la visión “real” del caso, Schreber se quejaba de padecer reblandecimiento cerebral, se creía perseguido, tenía gran sensibilidad a la luz y el ruido. Una de las actas de incapacitación que dictaminaron su desequilibrio se manifiesta así:
“Posteriormente se hicieron (en el paciente) más frecuentes las ilusiones visuales y auditivas, y se adueñaron, junto con perturbaciones en la sensibilidad general, de todo su sentir y pensar; se consideraba muerto y en putrefacción; imaginaba que en su cuerpo se llevaban a cabo toda suerte de atroces manipulaciones y que hacía, como él mismo lo manifiesta aún ahora (1899), las cosas más terribles que alguien pueda imaginar; esto con una finalidad sagrada”.

(Sigue mañana)

-JLE

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Locura y Literatura (Parte I)

¿Es la locura una enfermedad? ¿Hay algo en ella que permita obtener, mediante su estudio, luz sobre la interacción entre el individuo, el mundo y el arte? ¿Y si fuera la expresión de un estado mental que permite hacer consciente las relaciones con poderes superiores, quizá con Dios? Del modo que sea, las relaciones entre hombre, arte y dioses por medio de los delirios se antojan no sólo clínicas, sino también literarias.
El caso de Daniel Paul Schreber es claro ejemplo de lo anterior. El nombre de este personaje es ampliamente conocido en la historia de la psicología moderna debido a que sus Memorias de un enfermo de nervios (Sexto Piso, 2003), publicadas originalmente en 1903, son una obra clásica en la materia. Lo son porque se trata de “un texto escrito por un loco que sabe que está loco —con una lucidez inigualable—”, como la ha sintetizado el filósofo Luis Alberto Ayala Blanco, y porque brindan valiosos elementos para el estudio de los trastornos paranoicos.
Desde su aparición, las Memorias… fueron abordadas desde diversos enfoques por el campo de la psicología. Suscitaron respuestas adversas, como la de R. Pfeiffer: “No podrán ofrecer ninguna novedad al médico experto”. Otras fueron menos radicales y más inteligentes como las de Sigmund Freud —en su clásico ensayo de 1910—, Carl Gustav Jung —con ciertas referencias a este caso aportadas desde 1907—, y otros pilares del psicoanálisis. Pero las repercusiones del texto han trascendido del ámbito de la psique: Elías Canetti halló en esta obra una conexión directa entre paranoia y poder. El libro ha ofrecido además una inagotada fuente de conocimientos en la relación entre los delirios y el ejercicio de creación artística. ¿Será que todo artista está un poco loco entonces? Es posible, por ello el enfoque literario de las Memorias… se apetece interesante sobremanera.

(Sigue mañana)

-JLE

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El hombre sintético (Parte IV / última)

4. El hombre sintético
Es interesante suponer que a partir de los nuevos cambios tecnológicos los hombres ya no se ven iguales a sí mismos. Para llegar a este punto, hemos tenido que hablar de varios conceptos, generados en su mayoría en las nuevas dinámicas e instrumentos de comunicación. ¿Ahí queda todo? ¿El hombre sintético es sólo el hombre conectado? No, no sólo es sintético por eso.

En efecto, las tecnologías avanzadas de nuestro tiempo, tan familiares en casa, pueden utilizarse, simultánea y paradójicamente para aislarnos de los vecinos y para conectarnos con quienes están al otro lado del mundo. Aquí, la relación, la noción de comunidad y de grupo está un tanto modificada.

De pronto nos encontramos con una ruptura del tiempo y del espacio tradicionales que en un principio puede asustar a cualquiera. Ciertamente la concepción de aquellos que tienen contacto permanente con el gran metamedium, del que ya se ha hablado, es distinta de quienes están en otras circunstancias. Es indudable que algunos de ambos bandos tiendan a caer en la tecnofilia o en la tecnofobia, pero ninguno podrá sustraerse al entorno informatizado. ¿Cuál es el fin de tanta informatización? Yo creo que la reproducción social, es decir, la sintetización del hombre mismo.

Esta idea de reproducción, de sintetización, está presente, pero poca conciencia hay de ello. Cuando alguien siente la necesidad de entrar en un juego de rol en Internet, cuando otro recurre a una prótesis mecánico-electrónica conectada a su cerebro, está buscando un viejo fin: sentirse completo. Tal vez, por primera vez en la historia de la humanidad, el acceso al metamedium está dando la conciencia de poder autoregenerarse, de volverse la lagartija a la cual la cola caída no le resulta una tragedia vital, pues tiene la capacidad de generar una nueva –basta echar un vistazo a la nueva biogenética, el genoma y la clonación.

Estamos ante los umbrales de una época triplemente tecnologizada, de hallar refacciones emocionales, de ocio, anatómicas o, incluso, sentimentales, gracias al gran metamedium y con él no sólo me refiero a Internet, aunque esta idea sea la más popular.

¿Y si esta nueva tecnología funcionara para construir comida nutritiva, barata, accesible para toda la gente que no tiene qué comer? ¿Y si de pronto nos convenciéramos de que existe un gran banco de órganos, a manera de refacciones, gracias al cual muchas vidas recuperarían la salud? Sin duda, estaríamos ante un nuevo esquema de humanidad, sintético, ecológico –con las reservas de un ecosistema controlado- y muy seguramente, feliz, con una nueva forma de conciencia: la de una inmensidad en la que el hombre es ya no sólo inacabado, sino inacabable, pleno, consciente del ciclo vital.

Pero por otro lado: ¿Y si de pronto la tecnología en realidad ya poseyera la vacuna en contra del cáncer, en contra del SIDA, pero a alguien le conviniera ocultarla para obtener recursos más jugosos que lo que puede redituarle el darla a conocer? ¿Y si aceptáramos de una vez por todas que este futuro depende no de la tecnología, no de la autoconcepción de la humanidad en general, sino de intereses de un puñado de hombres?

Una gran conflagración mundial seguramente mostrará los avances tecnológicos que en cuestiones militares han desarrollado los gobiernos que tradicionalmente han sido más destructivos. Es probable que participen cada vez menos hombres para atacar y muchos más para morir, debido a que la robótica no sólo existe en películas o se emplea con fines médicos. ¿Cuándo tendremos la oportunidad de ver su poderío en el desarrollo de tecnología con espíritu preservador y no destructivo?

El hombre sintético y los dueños del poder deben entender que las posibilidades de forjar una redistribución de oportunidades tienen que encaminarse en reproducir un modelo eco-tecnológico que le ayude a sintetizarse plenamente. Sólo de esta manera podremos hacer del mundo un lugar que se autoreproduzca de manera ecológica y equilibrada, donde lo “artificial” sea una perfecta paradoja de “natural”, y no que el primer concepto aniquile al segundo. ¿Será posible? El hombre sintético está siendo posible a pesar de todo. La cuestión fundamental es: ¿cuántas oportunidades tendrá para desarrollar su nuevo modelo?

Referencias:
*Colombo F. “La comunicación sintética” (1995), en G. Bettini; Colombo, F., Las nuevas tecnologías de la comunicación. Barcelona, Paidós.
*“Historia de Internet”, (2007)
en Wikipedia. URL: http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_Internet

-JLE

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