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El loco impuro
Un acercamiento peculiar a las Memorias… lo ha hecho Roberto Calasso en El loco impuro (Sexto piso, 2003). Casi a manera de novela, Calasso se interna en la mente de Schreber y muestra un panorama desde el punto de vista de este personaje. Toma como base lo expresado en las memorias pero lleva el destino del protagonista a un desenlace ficticio. Así, Calasso se encarga de mostrar la historia de la rama genealógica de los Schreber y de los Fleshig; al padre del ex presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde lo presenta como un pedagogo inventor de mecanismos para corregir ciertas actitudes humanas, por ejemplo: las malas posturas de los niños al estar sentados. También nos dice Calasso que el hermano mayor de Schreber se volvió loco y se suicidó. Independientemente de la veracidad en ambos casos, con su mención se sugieren elementos para comprender la posterior locura del protagonista.
El adjetivo que mejor define a esta obra es “delirante”. Sin trama genuina, El loco impuro depende demasiado de las Memorias…, ya que su lectura independiente parecería confusa en extremo. Su valor radica en la visión que reproduce desde el interior del universo schreberiano.
Si Daniel Paul Schreber es un profeta, mártir y redentor de la humanidad en Memorias de un enfermo de nervios, el narrador de El loco impuro de Calasso se convierte en su pontífice. Ambas, son obras de un fascinante mundo desquiciadamente literario.
Memorias de un enfermo de nervios, Daniel Paul Schreber. Introducción de Roberto Calasso. Editorial Sexto Piso, México, 2003, 479 pp.
El loco impuro, Roberto Calasso. Editorial Sexto Piso, México, 2003, 120 pp.
Ilustración: Óleo, Museo del Monasterio de Guadalupe. Guadalupe (Cáceres). España. Atribuido a Franscisco de Goya y Lucientes (1746-1828)
-JLE
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Lo anterior alude a lo que Schreber consideraba una confabulación divina en su contra. Creía que el orden cósmico del universo, esa “construcción maravillosa”, dependía sólo de él mismo; que su psiquiatra, el doctor Fleshig, estaba capacitado para manipular los rayos que comunican los nervios, órganos contenedores del alma humana, con Dios. Por ello, Dios debía ser nervio también, un nervio susceptible de ser seducido por las voluptuosidades humanas. Para no caer en tentaciones, Dios no trataba con vivos, sino sólo con muertos. Fleshig intentaba aprovecharse de esto y propiciaba un almicidio en contra del propio Schreber. Dicho almicidio no habrá de entenderse desde su etimología como un asesinato, sino como un robo del alma de otra persona para procurarse un beneficio. El fin que perseguía Fleshig al consumar el almicidio de Schreber era manipular el orden cósmico del universo. Esto se derivaba de una vieja relación entre las familias Fleshig y Schreber.
Si el equilibrio cósmico se había roto fue debido a un choque entre ambas ramas genealógicas y provocó que Dios dejara de ver al pueblo Alemán, al pueblo ario, como su elegido. Así, Dios acabó con todos los humanos; Schreber se creía el único que podía restaurar el orden del mundo, de ahí su vulnerabilidad ante el afán divino de exterminio; los seres que le rodeaban —principalmente los enfermeros de las clínicas psiquiátricas en las que estuvo recluido— eran sólo “hombres hechos a la ligera”, decía él, almas que transitoriamente cobraban forma humana pero que en realidad no eran personas comunes. Por todo esto y en un proceso natural para su defensa, Schreber intentó transformarse en mujer, lejos de la homosexualidad que posteriormente le imputaría Freud de modo simplista, en un acto de emasculación para seducir a Dios y parir una nueva humanidad.
Este destino fatal que le es dado a conocer a Schreber mediante “voces”, está acompañado por una concepción genealógica de un universo fascinante. Aquél pensaba que el fin de todas las almas era fundirse entre sí para convertirse en unidades de un orden superior, partes integrantes de Dios, “antecámaras del cielo” les llamaba. Esto ofrece, decía él, un atisbo del eterno ciclo de las cosas subyacente al orden cósmico. Cuando Dios crea algo se desprende, en cierto modo, de una parte de sí mismo, de una parte de sus nervios, pero tal pérdida aparente se resarce cuando los nervios de los hombres muertos, una vez alcanzada la buenaventura, vuelven a Dios en forma de antecámaras del cielo. Sobre éstas entidades se erguía Dios en una bipartición peculiar: un dios inferior (Arimán) y un dios superior (Ormuz). El primero sentía atracción por los pueblos de raza morena y el segundo por los arios. Esta concepción de Schreber se basa, de modo manifiesto, en una tradición persa; para él, los persas fueron “el pueblo elegido de Dios” antes de que lo fuera Alemania. A propósito, el nombre Arimán aparece ya en el Manfredo de Lord Byron, relacionado con otro almicidio y Schreber lo sabía, como también estaba al tanto de los almicidios del Fausto de Goethe y del que aparece en el Cazador furtivo de Weber.
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Existe una tradición en la literatura fundada en la creación de memorias o confesiones. Algunas veces tales textos alcanzan niveles artísticos tanto en la historia que cuentan como en su discurso. Un antecedente de las Memorias… de Schreber resulta ser la Apología —o Confesiones- de un loco de August Strindberg—. En ella, el dramaturgo sueco narra sus furiosos ataques de celos y las manías persecutorias que lo aquejarían desde 1887, como parte de su esquizofrenia. 
El mismo año en que vieron la luz las Memorias… C. Pelman hizo una distinción entre éstas y otras obras producidas por pacientes de hospitales psiquiátricos que, después de sus reclusiones en ellos, querían hacer públicas las privaciones de su libertad a las que han sido sometidos durante sus tratamientos. Esta afirmación la hizo Pelman, según cuenta el editor y ensayista italiano Roberto Calasso, debido a que la motivación principal que aquél encontraba en Schreber para redactar esas memorias se debía a que este paranoico pretendía ofrecer su persona al juicio de los expertos como “objeto de observación científica”, en una especie de acto altruista, en beneficio de la humanidad.
Pero las Memorias… no sólo se distinguen por la causa que les dio origen, sino porque contienen una vasta genealogía de contenido artístico.
Es seguro que la amplia cultura de Schreber contribuyó a la peculiar visión del universo que en ellas muestra. Pelman exaltaba las capacidades racionales de quien aun siendo un “loco”, poseía altas dotes intelectuales cultivadas a raíz de su posición en la sociedad alemana del siglo antepasado y de sus funciones como presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde: “Que Schreber esté mentalmente sano es algo que no será aceptado por ninguna persona sensata, pero ésta no reconocerá a buen seguro de que se trata de un hombre tan intelectualmente dotado como respetable en su sensibilidad”, decía Pelman.
Schreber era doctor en derecho; tras su importante cargo en Alemania, padeció una “hipocondría” entre 1884 y 1885. Después de un breve periodo de tratamiento se “curó”. Hacia 1893 dicha “hipocondría” se acentuó de nuevo y ya no abandonó al ex presidente de la Corte de Apelaciones jamás. Fue recluido en la clínica del psiquiatra Paul Emil Fleshig, hasta mediados de 1894. Después fue trasladado al hospital privado de enfermos mentales del doctor Pearson, —la “Cocina del Diablo”, como Schreber la llamaba— y posteriormente a otro hospital en Sonnenstein.
Según los dictámenes de inhabilitación, es decir, la visión “real” del caso, Schreber se quejaba de padecer reblandecimiento cerebral, se creía perseguido, tenía gran sensibilidad a la luz y el ruido. Una de las actas de incapacitación que dictaminaron su desequilibrio se manifiesta así:
“Posteriormente se hicieron (en el paciente) más frecuentes las ilusiones visuales y auditivas, y se adueñaron, junto con perturbaciones en la sensibilidad general, de todo su sentir y pensar; se consideraba muerto y en putrefacción; imaginaba que en su cuerpo se llevaban a cabo toda suerte de atroces manipulaciones y que hacía, como él mismo lo manifiesta aún ahora (1899), las cosas más terribles que alguien pueda imaginar; esto con una finalidad sagrada”.
(Sigue mañana)
-JLE
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¿Es la locura una enfermedad? ¿Hay algo en ella que permita obtener, mediante su estudio, luz sobre la interacción entre el individuo, el mundo y el arte? ¿Y si fuera la expresión de un estado mental que permite hacer consciente las relaciones con poderes superiores, quizá con Dios? Del modo que sea, las relaciones entre hombre, arte y dioses por medio de los delirios se antojan no sólo clínicas, sino también literarias.
El caso de Daniel Paul Schreber es claro ejemplo de lo anterior. El nombre de este personaje es ampliamente conocido en la historia de la psicología moderna debido a que sus Memorias de un enfermo de nervios (Sexto Piso, 2003), publicadas originalmente en 1903, son una obra clásica en la materia. Lo son porque se trata de “un texto escrito por un loco que sabe que está loco —con una lucidez inigualable—”, como la ha sintetizado el filósofo Luis Alberto Ayala Blanco, y porque brindan valiosos elementos para el estudio de los trastornos paranoicos.
Desde su aparición, las Memorias… fueron abordadas desde diversos enfoques por el campo de la psicología. Suscitaron respuestas adversas, como la de R. Pfeiffer: “No podrán ofrecer ninguna novedad al médico experto”. Otras fueron menos radicales y más inteligentes como las de Sigmund Freud —en su clásico ensayo de 1910—, Carl Gustav Jung —con ciertas referencias a este caso aportadas desde 1907—, y otros pilares del psicoanálisis. Pero las repercusiones del texto han trascendido del ámbito de la psique: Elías Canetti halló en esta obra una conexión directa entre paranoia y poder. El libro ha ofrecido además una inagotada fuente de conocimientos en la relación entre los delirios y el ejercicio de creación artística. ¿Será que todo artista está un poco loco entonces? Es posible, por ello el enfoque literario de las Memorias… se apetece interesante sobremanera.
(Sigue mañana)
-JLE
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