La muerte y la novela mexicana


El luto humano, de José Revueltas:

Si tuviéramos que establecer cuál fue la gran novela mexicana del siglo XX, un pronto concurso dictaminaría vencedor a Pedro Páramo (FCE, 1955) de Juan Rulfo. Así lo sugerirían la gran cantidad de estudios que ha suscitado, las varias reimpresiones y el número de traducciones alcanzados por esta obra. Nada como la Muerte —con inicial mayúscula— pudo delinear el perfil de la narrativa mexicana moderna. No sólo fue la miseria, la Revolución, la vida campirana o cualquier otro asunto del entorno nacional inmediato. La Muerte como ambiente —escenario y personaje relacionado siempre con los temas anteriores— se convirtió en la parte fundamental del emblema novelesco de nuestro país.

Esta presencia se prefiguraba ya, desde la primera mitad del siglo pasado, como parte importante en la búsqueda de rasgos auténticos en la novelística nacional. El luto humano (1943) de José Revueltas, evidencia tal germen: “Porque el hombre tiene sed junto a la muerte. Y podía explicarse entonces, con una claridad iluminada, que esos dos seres y los centenares y millares que poblaban la tierra contradictoria de México, junto a sus muertos, silenciosamente, amorosamente, bebieran siempre su alcohol bárbaro e impuro, su botella de penas”. La cita alude a dos personajes centrales de esta novela, Úrsulo y Adán. Ambos, representaciones de la contradicción, de la desesperanza, según palabras del propio autor.

Siendo la Muerte un elemento poco extraño en las letras mexicanas desde siempre, la cercanía de la guerra civil y la sangre aún fresca generada por las luchas sociales la exaltaron en las sensibilidades de algunos autores que perfilaron la literatura local del medio siglo. En especial, esas luchas influyeron en la visión que aquellos poseían de lo mexicano; hicieron evidentes —casi exigieron— las sombras, los cuerpos, los fantasmales rostros pobladores de sus obras. En el caso particular de José Revueltas (1914-1976), la permanente huella de sus contingencias políticas juveniles que lo hicieron conocer la cárcel a temprana edad, propició en él una visión realista exaltada y desoladora; en ella es común la derrota y las carencias son permanentes.

Seleccionada como la mejor novela de México para concurrir a un certamen literario hispanoamericano organizado por la editorial neoyorquina Farrar & Rinehart en 1943 —premio que ganó la obra Canapé Vert escrita por dos haitianos—, El luto humano es la historia de un grupo de mestizos con fuerte arraigo indígena que habitan de modo aledaño a un río. Sus integrantes viven sometidos a las inclemencias no sólo de la naturaleza, sino de la situación política inestable posterior a los incipientes gobiernos emergidos de la Revolución mexicana y a los levantamientos cristeros.

Chonita, hija de Cecilia y de Úrsulo, muere. Éste va en busca del cura al otro lado del río. En su trayecto se encuentra con su enemigo Adán, hombre pagado por el gobierno que se encarga de eliminar a los sublevados y a los huelguistas del Sistema de Riego en esa región. Aun cuando Úrsulo pertenece a los rebeldes, Adán le facilita una lancha y lo acompaña por el sacerdote. Al regreso, el velorio de la niña se desarrolla entre relaciones personales oscuras. Dos hombres mueren también. El río se desborda a causa de una inclemente lluvia que no habrá de cesar durante todo el relato y ese hecho obliga a permanecer a los sobrevivientes en el techo de la cabaña, en espera sólo de su propio final, acompañados de sus soledades, frustraciones y de un grupo de zopilotes que aguarda engullir sus restos.

La trama, sencilla en apariencia, permite colorear con detenimiento las historias de cada personaje. Describe situaciones —a manera de murales de la Escuela Mexicana de Pintura— que evocan, sin arredrarse, un nacionalismo difuso y anhelado, contradictorio y nostálgico. En fragmentos simula una lluvia de imágenes, ya metafóricas ya realistas, que se atropellan unas a otras en la narración: “Mientras persistiera el símbolo trágico de la serpiente y el águila, del veneno y la rapacidad, no habría esperanza. Se había escogido lo más atroz para representar —y tan cabal, tan patéticamente— la patria absurda, donde el nopal con sus flores sangrientas era fidedigno y triste, los brazos extendidos por encima del agua, cruz extraña y tímida, india y resignada”. Poco se describe a los personajes y los escenarios que los rodean. El lector no conoce el color de los ojos de algunos de ellos, ni sus rasgos somáticos distintivos. No sucede así con las derrotas personales de cada actor; en ellas, Revueltas profundiza hasta llegar a sus propias “contradicciones y desesperanzas”.

José Luis Martínez ha encontrado en esta obra una catadura similar a la novela Mientras yo agonizo, de William Faulkner. Juan José Arreola hizo lo propio, en una crítica publicada por la revista jalisciense Eos en 1943 —rescatada por Orso Arreola en Prosa dispersa / Juan José Arreola (Conaculta, 2002)—, parangonando al autor con Ivanov, Avdenko, Gorki y Andreiev, pues para el nativo de Zapotlán, Revueltas parecía más un ruso que un mexicano.

El año en que emitieron estas opiniones, ni Martínez ni Arreola conocían aún el Pedro Páramo de Rulfo; esta obra se dio a conocer 12 años después. El luto humano resulta, con ciertas limitaciones ya señaladas, una prefiguración de aquella; no en la técnica, no en la concepción, quizá ni en la intención misma, pues son evidentes sus intentos por reflejar una mexicanidad doliente y una idiosincrasia que sería retratada más tarde, con especial atención en su carácter trágico y festivo, por Octavio Paz en su Laberinto de la soledad; el antecedente marcado por El luto humano radica en el espacio que reclama para la Muerte como ambiente nacional, como un rasgo idiosincrásico que aglutina y se relaciona con los males locales, como metáfora de la vida: “Nadie quiso permanecer en una tierra seca, sin lluvias, junto a un río inútil y junto a una presa inservible cuyas cuarteaduras dejaron escapar el agua. Trepado sobre unas vigas, por aquel entonces del éxodo, Úrsulo instaba a los huelguistas emigrantes para que se quedaran, para que permanecieran”. Esta imagen del libro de Revueltas recuerda la escena en que Pedro Páramo, sentado en un equipal, mira el cortejo que huye de Comala, en otro abandono que deja tras de sí sólo ruinas y fantasmas.

Lejana pareciera ya esta fisonomía de la novelística mexicana y esto se observa sin nostalgia; ninguna otra temática concurre ahora a las nuevas letras generadas por escritores oriundos con la misma excitación por reflejar el carácter nacional como antes lo hizo la Muerte. Quizá la violencia reclame un tanto ese sitio —ambas se relacionan de forma inseparable—, aunque es hora temprana aún para intentar siquiera perfilar el nuevo eje de la gran novela mexicana de este siglo.

—José Luis Enciso
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Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

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