Locura y Literatura (Parte II)


Existe una tradición en la literatura fundada en la creación de memorias o confesiones. Algunas veces tales textos alcanzan niveles artísticos tanto en la historia que cuentan como en su discurso. Un antecedente de las Memorias… de Schreber resulta ser la Apología —o Confesiones- de un loco de August Strindberg—. En ella, el dramaturgo sueco narra sus furiosos ataques de celos y las manías persecutorias que lo aquejarían desde 1887, como parte de su esquizofrenia.
El mismo año en que vieron la luz las Memorias… C. Pelman hizo una distinción entre éstas y otras obras producidas por pacientes de hospitales psiquiátricos que, después de sus reclusiones en ellos, querían hacer públicas las privaciones de su libertad a las que han sido sometidos durante sus tratamientos. Esta afirmación la hizo Pelman, según cuenta el editor y ensayista italiano Roberto Calasso, debido a que la motivación principal que aquél encontraba en Schreber para redactar esas memorias se debía a que este paranoico pretendía ofrecer su persona al juicio de los expertos como “objeto de observación científica”, en una especie de acto altruista, en beneficio de la humanidad.
Pero las Memorias… no sólo se distinguen por la causa que les dio origen, sino porque contienen una vasta genealogía de contenido artístico.
Es seguro que la amplia cultura de Schreber contribuyó a la peculiar visión del universo que en ellas muestra. Pelman exaltaba las capacidades racionales de quien aun siendo un “loco”, poseía altas dotes intelectuales cultivadas a raíz de su posición en la sociedad alemana del siglo antepasado y de sus funciones como presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde: “Que Schreber esté mentalmente sano es algo que no será aceptado por ninguna persona sensata, pero ésta no reconocerá a buen seguro de que se trata de un hombre tan intelectualmente dotado como respetable en su sensibilidad”, decía Pelman.
Schreber era doctor en derecho; tras su importante cargo en Alemania, padeció una “hipocondría” entre 1884 y 1885. Después de un breve periodo de tratamiento se “curó”. Hacia 1893 dicha “hipocondría” se acentuó de nuevo y ya no abandonó al ex presidente de la Corte de Apelaciones jamás. Fue recluido en la clínica del psiquiatra Paul Emil Fleshig, hasta mediados de 1894. Después fue trasladado al hospital privado de enfermos mentales del doctor Pearson, —la “Cocina del Diablo”, como Schreber la llamaba— y posteriormente a otro hospital en Sonnenstein.
Según los dictámenes de inhabilitación, es decir, la visión “real” del caso, Schreber se quejaba de padecer reblandecimiento cerebral, se creía perseguido, tenía gran sensibilidad a la luz y el ruido. Una de las actas de incapacitación que dictaminaron su desequilibrio se manifiesta así:
“Posteriormente se hicieron (en el paciente) más frecuentes las ilusiones visuales y auditivas, y se adueñaron, junto con perturbaciones en la sensibilidad general, de todo su sentir y pensar; se consideraba muerto y en putrefacción; imaginaba que en su cuerpo se llevaban a cabo toda suerte de atroces manipulaciones y que hacía, como él mismo lo manifiesta aún ahora (1899), las cosas más terribles que alguien pueda imaginar; esto con una finalidad sagrada”.

(Sigue mañana)

-JLE
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Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

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