Narconavidad

Ante la violencia intensa que padece México, así como ante el uso del prefijo narco —irresponsable y pródigo—, decidí hacer un experimento: ¿es posible hablar de una narconavidad?
No me gusta acuñar términos bobos, pero éste se lo debo a un frikicuento navideño que escribí hace tiempo y que, por desgracia, algunas situaciones que entonces parecían absurdas en él, hoy, sin desprenderse de su carácter disparatado, pueden ser leídas como algo muy similar a lo que ocurre en la realidad. Lo grotesco y lo terrible se convierten aquí en los secuestradores del sentido maravilloso con el muchas personas viven estas fechas.
Se trata de un cuento que para el blog resulta demasiado extenso. Aun así no quise postearlo por partes, sino escribir este extracto y, si interesa el relato luego de conocer esta advertencia, que pueda ser leído completo haciendo click en Continue Reading . Mientras, aprovecho esta introducción a la entrada para adelantar de qué va: un chaval odioso se empeña en conseguir el mejor árbol de Navidad con el fin de, a costa de lo que sea, impresionar a sus amigos, pero, como en todo cuento que se precie, la historia da más vueltas de las previstas. Ah, y el título, “Niño de Navidad”, puede resultar engañoso.
-JLE

Anuncios

Niño de Navidad

Por JLE
Era caprichoso, testarudo, implacable. Lloraba, pataleaba, maldecía y se mordía los labios si sus papás no cedían a sus peticiones. Así había conseguido varios cientos de juguetes que, tras ser extraídos de su empaque de fábrica, y usados durante una o dos horas, eran confinados al olvido. Carlos era su nombre. Carlitos le decían sus papás. Carlitos, en el colegio; Carlitos, en el club.
La época navideña no era muy distinta. Desde que Carlitos tuvo la capacidad de exigir regalos, cada fin de año hacía una lista enorme de pedidos que, en su totalidad, se le concedían.
A los 9 años de edad supo que los árboles navideños eran, además de un ornamento, un fetiche de poder. Sus amiguitos en la escuela solían presumir el tamaño y el tipo de árboles que sus padres conseguían cada año para arrancarles una sonrisa grande. Que al Chucho le habían comprado un albino, ¿cómo albino?, blanco pues, cubierto completito de nieve artificial, así como en el Polo Norte, donde viven Santa y el Hombre de las Nieves. Se veía muy bien, decía el Chucho, muy pero muy, muy bien. ¿Y al Gabri? Pues al Gabri le habían traído una novedad china: un arbolote bien grandote que giraba y, en varias secciones del troncote, cambiaba de colores. ¿Cómo que cambiaba de colores?, es imposible, decía Carlitos, y el Gabri que no, que no es imposible, Carlitos: es verdad. Lo hicieron para que ya tuviera las luces de colores integradas. Se pone verde rojo, amarillo, blanco, morado, y luego vuelve a ser verde y no deja de verse grande, grandote.
Carlitos tenía que dejar atrás al Chucho y al Gabri, papi, anda, cómprame un árbol, ¿sí? Por eso, en su novena época navideña, Carlitos dijo: necesito que compremos un árbol enorme, el más grande que haya, tiene que ser casi un edificio. Y ¿dónde vas a poner un árbol tan grande?, preguntó en forma de respuesta el papá de Carlitos, llamado también Carlos. Si lo compramos demasiado grande no va a entrar en la casa, tendríamos que romper el techo, Carlitos, definitivamente. Sí, sí, romper el techo —puño en alto—, por supuesto —uno, dos, tres brinquitos—, qué buena idea le dio el papá: roto el techo, el árbol podría mirarse desde toda la calle, desde la escuela, desde el club, ya verían esos engreídos del Chucho y el Gabri. Pero si rompían el techo, reviró el papá, el frío iba a entrar a la casa como cuchillo en nieve y lo congelaría todo: a Nemo y a Sirenita —el par de peces japoneses que habitaban una enorme pecera en la estancia—, al Señor Pelucas —el terrier de la familia— y, cosa curiosa, a toda la familia, definitivamente, Carlitos. Aich, papi, pero así Santa podría entrar más rápido, insistía el niño, así el trineo no causaría desperfectos en la chimenea como en la Navidad anterior, ¿recordaba papi cómo se había enojado por las tejas que se desprendieron del techo en la pasada noche del 24 de diciembre?, no quería que sucediera lo mismo este año, ¿cierto?, anda papi, es por tu bien. Dile, mami, dile, apeló Carlitos a la connivencia materna, pero no, el agujero no estaba a discusión, he dicho NO y no diré más, definitivamente.
Cuando ya sonaban los primeros agudos de una estridencia interminable, la madre entró al rescate de la situación: ¿y si compraban un hermosísimo árbol natural? Sería mucho más valioso que el del Chucho y el del Gabri, porque, además de todos los bellísimos adornos que iba a lucir, tendría algo especial: iba a estar vivo.
¡No! ¿Matarían a un árbol sólo por cumplirle un capricho a Carlitos?, preguntó Leonora, la hermana mayor de Carlitos, mientras éste, ante la oposición fraterna, se apuró a decir, tal vez sin pensarlo del todo, que sí, sí mamá —brazos por encima de la cabeza—, qué bueeena idea —abrazo saltarín—: un arbolito natural. En vano Leonora explicó sus argumentos ecológicos: la tranquilidad de la casa estaba por encima del bien planetario. Los padres respiraron aliviados y pactaron con el niño —no sin dificultades— la fecha de la compra. Irían el sábado siguiente, mañana es miércoles y tenemos que trabajar, Carlitos, sé paciente por favor.
Cuatro días después, tras un insomnio que no causó mella en su entusiasmo, Carlitos se levantó de la cama antes de que la luz del sol se colara a su dormitorio. Entró al cuarto de sus padres y los despertó. No faltó el gran berrinche, porque ellos habían prometido levantarse muy de mañana para ir por el árbol y aún estaban echadotes en la cama, qué incomprensivos e insensibles, soy muy infeliz, berreaba Carlitos. Para que se calmara, los padres tuvieron que prometerle que no sólo traerían uno, sino que serían dos los árboles de Navidad: uno para la sala y otro para el jardín. Sólo así, tras aceptar que sería hasta después de la comida cuando irían al bosque, un atisbo de tranquilidad llegó al hogar de Carlitos. Leonora no cedió: ella no participaría en ese acto vil de cortar un árbol; en la escuela le habían dicho que era casi un asesinato; además, tener un árbol en el interior de la casa era algo salvaje, una costumbre irracional importada de gringolandia, y más bestial resultaba todavía el que existiera una industria que se dedicara a sembrar árboles para cortarlos en Navidad y tirarlos a la basura en enero. Fiel a sus principios, pidió a sus padres que la llevaran a casa de su abuela, antes de ir al bosque; ahí los esperaría mientras ellos perpetraban el crimen.
Tras satisfacer la petición de la niña, abrumada por las burlas de Carlitos durante el trayecto al hogar de la abuela, niño y padres llegaron al bosque, después de hora y media de camino. A Carlitos en ese momento le preocupaba más hacer pipí que sus árboles, lo que auguraba otro berrinche. Apenas bajó de la camioneta, corrió hacia la cabaña del vendedor a aliviarse. Luego de enterarse de que lo había hecho sobre unas monturas de caballo —que él nunca había visto y que por la forma cóncava confundió con retretes—, salió disparado hacia el bosque. Su padre lo contuvo en los primeros arbustos.
Un hombre corpulento, moreno y de gran bigote, les dijo que podían escoger los árboles que quisieran; que le avisaran cuando estuvieran decididos y él mandaría una cuadrilla de tres hombres para que los cortaran y los ataran sobre la camioneta de Carlos.
Iniciaron entonces la búsqueda. El niño se internó corriendo y su padre apenas pudo seguirle el paso, entre jadeos y traspiés. A pesar de sus esfuerzos, gritos ahogados e intentos de correr, quedó rezagado a más de 100 metros del impetuoso paso de su hijo.
Sólo ellos dos emprendieron la elección de los árboles, porque la mamá de Carlitos se quedó embebida en el invernadero contiguo a la cabaña del vendedor, admirando unas flores de Nochebuena hermosísimas, bellísimas y rojisisísimas, según adjetivaba, sin hartarse, una y otra vez. El hombre y el niño, solos, caminaron, corrieron, trastabillaron por el bosque cerca de media hora, arrastrados por la ambición de Carlitos: quería los mejores árboles. Siguieron de aquí para allá y luego más allá; el niño corría y su padre, a duras penas, lo seguía. Así anduvieron hasta que se hallaron muy lejos de la zona de pinos. Carlitos iba a la cabeza, cochinos árboles feos, si fueran un poco más bonitos sería todo más fácil, no tendría que cansarse escogiendo cuál era el menos horrible, deberían cortarlos a todos y tirarlos a la basura, repetía; su furia intensificaba su andar y hacía que dejara cada vez más rezagado a su padre.
Un aviso de sed y frío lo hizo darse cuenta de que la ventaja no era tan conveniente, porque parecía que caminaba solo. Sintió miedo y comenzó a gritar, Caaarlos, paaapi, Caaarlos, soy Carliiitos. Una, dos, tres veces más, paaaaaaaaaaapiiiiiiiii, papiiitoooo, ¡papá!, el chico exigía la presencia de su acompañante. El silencio lo decepcionó y le hizo notar que tenía un padre demasiado torpe, lento, incomprensivo. Quiso correr a espetar su decepción al rostro paterno, pero no recordó el camino por el que había venido. Se sentó a esperar. Pasaron algunos minutos y un cosquilleo en el rostro preludió otro ataque de llanto. Estaba a punto de dejar escapar el primer berrido cuando miró que su padre venía casi arrastrándose, resoplando. Entonces ya no sintió miedo y quiso continuar la exploración, porque, ¿cómo era posible que entre tantos árboles ni siquiera uno valiera la pena, papi?, ¿para qué están hechos los árboles si no es para la Navidad? Estos son feos, los de más allá, también; mejor vamos a otro bosque, son más bonitos los artificiales, los de aquí están muy negros, concluyó el niño y ese comentario les hizo caer en cuenta de que la oscuridad se apoderaba del bosque.
Hasta entonces percibieron que la noche estaba demasiado cerca y que ellos se situaban muy lejos de la entrada de aquel lugar. El teléfono móvil de Carlos, el papá, no funcionaba; el bosque se había tragado la señal —unas barritas en la pantalla de su móvil se lo hicieron saber— y no podía pedir ayuda para el regreso. Ambos estaban muy cansados y la visión se estrechaba; la penumbra tiñó toda la arboleda, se miraba tan oscura como jirón de pelaje de un oso destazado. Padre e hijo eran incapaces de ver más allá de seis metros a la redonda.
La tarde se convirtió en noche y la penumbra en ceguera. No les quedó esperanza de volver, al menos inmediatamente.
Estaban abrazados cuando escucharon los primeros rumores. Uno al otro intentaba darse calor y un poco de valentía. Oyeron que detrás de ellos unos pasos retumbaban. El padre era el más esperanzado en el rescate. Aquí estamos, aquí, gritó. Los pasos y los murmullos se detuvieron. Sólo se escuchaba el silencio, si es que puede ser aceptado como sonido. La oscuridad era propicia para sentir miedo; las ramas de los árboles se movían de modo sospechoso. Algunos aleteos de pájaros oscuros hicieron que Carlitos le exigiera a su papi que lo regresara con mami, que podrían volver por los árboles al otro día, mañana, papá, que ya no tenía tanta prisa, que sí recordaba algunos que no estaban tan mal y podían impresionar al Chucho y al Gabri, que no quería estar más en ese lugar frío, oscuro y feo, como definió el niño a ese paraje huérfano de luna. De repente, el ulular de un búho rasante hizo llorar al pequeño.
Pasaron unos 15 minutos y el llanto de Carlitos cesó ante nuevos sonidos. Ahora no eran rumores sino carcajadas, gritos y alaridos. Mamá, mamá, gritaba el chico mientras todo su cuerpo comenzaba a temblar y a escabullirse del abrazo con el que su padre intentaba protegerlo. Carlos pensó que el niño quería huir y trató de tranquilizarlo, mas pronto se dio cuenta de que algo muy parecido a una rama se había enredado de la mano izquierda de Carlitos, otra en su brazo derecho y ambas lo arrastraban hacia atrás. El hombre sujetó las piernas de su hijo; se asió de ellas con todas sus fuerzas, pero sólo consiguió quedarse con los zapatos del chico. Miles de voces reproducían un lenguaje incomprensible, parecían salir de los árboles, como si éstos pudieran tener boca y de ellas emergiera un aliento escalofriante. Ese rumor nocturno, enloquecedor, acalló los berridos de Carlitos y los gritos de su padre, quien suplicaba que no le quitaran a su hijo, no se lo lleven, chillaba, convencido de que eran miles de ramas y raíces las que reclamaban el cuerpo del niño. El pavor y el esfuerzo hicieron que el hombre desfalleciera.
***
Tras unos minutos —imposible saber cuántos— Carlos abrió los ojos y sintió que aún los tenía cerrados. La oscuridad era total. Creyó despertar de una pesadilla, pero al sentir los zapatos de Carlitos encima de su pecho se convenció de que no era así: de tratarse de un mal sueño, éste persistía. Se incorporó y, antes de que pudiera pensar algo, un resplandor, emitido desde un punto cercano a donde él estaba tirado, le punzó en la mirada. Primero se cubrió el rostro y, luego, poco a poco, se fue habituando otra vez a la luz. Se acercó hacia el punto luminoso y pudo ver, en el centro de esa refulgencia, el cuerpo de su hijo, ensartado en un arbustillo. Tenía rasguños por millares y estaba desnudo. De sus orejitas y de la nariz le colgaban esferas de plástico; su copete lucía una estrella de oropel, absurda de tan maltrecha, y estaba envuelto con una serie de foquitos de colores. Alguien le había cortado los pies y estaba apoyado sobre las rodillas.
Los murmullos volvieron y después se convirtieron en gritos, carcajadas estentóreas y ronquidos pastosos, probables sólo en quien habla con voz de madera, que entonaban una melodía siniestra parecida a una canción navideña. Carlos perdió la razón. Eso fue evidente porque no quiso acercarse a su hijo, sino que de un bolsillo de su chaqueta sacó una caja de cigarrillos. La aventó a la tierra y hurgó de nuevo hasta que halló un paquete de fósforos. Encendió uno. La ausencia de viento hizo que el pequeño chasquido y su fulgor consecuente crecieran con la gracia de un milagro. El bosque fantasmal enmudeció. El tronido de la cerilla había retumbado en todos los rincones haciendo estremecer a cada una de las hojas de los árboles perversos. El hombre sostuvo la pajita inflamada entre el índice y el pulgar de su diestra; contó: uno, dos, tres… y una risa inesperada brotó de sus labios, luego una carcajada, otra y otra, insinuando un placer poco probable.
Pero antes de que pudiera dejarlo caer sobre la hojarasca, un vaho cercano con aliento a pino apagó la flama y algo muy similar un trozo de madera golpeó su nuca, dejándolo sin conciencia por segunda vez en la noche.
***
Abrió los ojos. Vio un techo sucio y pálido, igual que la nieve. Sintió frío. A su lado estaba su esposa, gimoteando. Se dio cuenta de que no reposaba sobre su cama, sino en la de un sitio parecido a un hospital. Al verlo despertar, su mujer incrementó el lloriqueo y fue imposible entender lo que decía, sólo percibió que calificaba algo como tssrisísimo… tssriísimo… Distinguió, en dos presencias que lo observaban, los atuendos de un policía y de un médico. ¿Y Carlitos?, preguntó, ¿dónde está Carlitos? Tras intercambiar miradas dubitativas, tanto el policía y el médico le dijeron que, por desgracia, los talamontes y los narcos eran implacables con quienes se entrometían en sus territorios, que la policía y el ejército ya estaban tras su pista, que pronto pagarían su crimen, malditos, nunca había visto saña tal, decía el médico y el policía, no, yo tampoco, confirmaba y asentía con una convicción que parecía rutinaria. Ambos, intercambiando miradas, le pedían a Carlos que se tranquilizara cuando éste les decía que no, que no habían sido ni los talamontes ni los narcos, sino los árboles, que esos malditos árboles habían matado a Carlitos y remedaba los ronquidos y el canto arbóreo de villancicos que había escuchado, despavorido, la noche anterior; hablaba de voces de madera, de frío y de aleteos, mientras a sus ojos los agrandaba la desesperación y la voz se le convertía en gruñidos de rabia ahogada.
Una enfermera le pidió a la mamá de Carlitos que saliera del cuarto con el fin de que el médico le administrara un calmante a su esposo. Ella accedió, sollozando, y se resguardó tras el ventanal del pasillo mirando cómo, entre el médico y el policía, sometían con dificultad el tremor desquiciante de su marido.
Tras recibir una inyección, Carlos sintió que perdía fuerzas, que el habla lo abandonaba y que de pronto la boca lo traicionaba al cerrársele sin advertirle a su mujer que se moviera de donde estaba, pues, a través del vidrio, Carlos podía ver que ella se había situado junto a un árbol de Navidad que parecía hacer movimientos casi imperceptibles. Era artificial y tenía muchos adornos, pero aun así se miraba trémulo, como si se moviera, pensaba Carlos, quien ya sin poder hablar y casi vencido por el tranquilizante, creyó darse cuenta de que el tremor arbóreo no era una ilusión: el árbol se movía, sí, se estaba moviendo, definitivamente.

Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s