Los puentes de Königsberg


1

Hay siete niñas raptadas y desaparecidas —alguien se las robó de un autobús escolar—; hay otras ocho niñas que presenciaron el rapto y fueron rechazadas por los secuestradores, por lo que volvieron a su respectivo hogar con el pellejo intacto, pero teñidas por la mácula de haber sido despreciadas; una monja que nada hizo por defenderlas, tal vez debido a cierta impotencia o complicidad; hay siete botellas que siempre acompañan a tres borrachos, y cada una ha sido bautizada con el nombre de una de las desaparecidas; los borrachos las quieren, los borrachos las cuidan y también se las toman; hay seis madres regiomontanas —sólo seis, porque dos de las desaparecidas eran hermanas— que lloran la pérdida de sus pequeñas, y algunas de ellas están dispuestas a acompañar a los citados teporochos en un viaje en autobús con tal de estar cerca de sus hijas botellas —una ha vuelto en forma de hija marrana—; hay una maestra de escuela en pleno Monterrey que le enseña a Gortari —que también es un tal Ernest—, el narrador, toda la ciudad de Königsberg (o sea Monterrey) y el enigma de sus puentes, y lo instruye ante la guerra que se libra en la ciudad; es pro nazi y vive en las vísperas de la invasión Rusa a esa tierra regia del norte de México que —ya me estoy perdiendo— en 1945 fue entregada al Ejército Rojo, pues uno de los tres borrachos, Floro —que también es un bachiller y un cartero—, siendo el general Lasch, se rindió y se retiró a seguir emborrachándose.

2

Maldita sea. He dicho que no escribiré más acerca de libros. Y, por alguna razón, siempre reincido. Soy un débil. Pero no puedo evitarlo cuando encuentro novelas como Los puentes de Königsberg, de David Toscana (Alfaguara /09). Por principio de cuentas debo justificar mi recaída: el libro no es de lectura fácil, pero es muy placentero; el relato es mexicano y a la vez no; resulta atractivo y, tal vez, chocante. Como bien lo anticipa su nombre, la historia tiene que ver con el problema de los puentes de Königsberg, una peculiar situación geográfica de dos porciones de tierra separadas entre sí y conectadas por siete puentes construidos sobre el mismo río. Mi descripción de la zona, lo sé, resulta vaga y limitada, no obstante, la imagen que pego es más explícita:

Esta región (según lo leí en la Wikipedia, como buen web on que soy) se ubicó en “la Prusia oriental del siglo XVIII —ciudad natal de Kant— y actualmente, Kaliningrado, en la óblast rusa de Kaliningrado”; existió y a ella se asocian nombres como Kant (ahí está su tumba) y Euler (el genio matemático que respondió que no, de forma tajante y matemática, a la pregunta: ¿Es posible dar un paseo empezando por cualquiera de las cuatro partes de tierra firme, cruzando cada puente una sola vez y volviendo al punto de partida?), entre otras referencias históricas peculiares.

¿Qué relación existe entre esta zona alejada de México y Monterrey? Pareciera que ninguna. ¿O sí? Elena Méndez, en una estupenda minirreseña publicada en Justa, halla algunas conexiones posibles; Geney Beltrán Félix hace otro tanto en Letras Libres, y Roberto Pliego en Nexos.

Mis respetos por los críticos.

3

Yo, como no soy crítico, sino otro delirante, preferí consignar la lectura de esta obra, no quise reseñarla ni analizarla, sino reproducir a grandes rasgos su hilo conductor, si es que el término vale en esta ocasión, aunque, evidentemente, no puede ser contada, ya que se estructuró para ser leída. Ahí radica, desde mi punto de vista, uno de sus grandes valores.

Ya dije que no es mi intención “analizar” nada del libro, no podría, escapa de mi limitado equipamiento para explicar obras que siguen los parámetros tradicionales del relato de ficción, pero no me quiero guardar la consignación de esta historia, cuya “trama” cumple el más estricto sentido de la urdimbre; el tejido bien trabajado genera una percepción de desorden ante una obra con un logos propio, un universo al que la contratapa del volumen no duda en calificar de “desquiciado”, aunque yo le llamaría lúdico, ambicioso, con fuero y quizás impunidad literarios, pues no puede ser juzgado como fallido. Es, en resumen, placentero. Cierto, se regodea en la confusión que genera, pero en ello radica su belleza. En fin, invito a que lean la novela y, si es posible, las reseñas que he linkeado.

David Toscana,
Los puentes de Königsberg,
Alfaguara, México, 2009, 242 pp.

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Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

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