La utilidad de esos libros que parecen inútiles


99 libros para ser más culto
Autores: Juan Ignacio Alonso y Fran Zabaleta
Editorial: MR, 2011
Lugar de venta: Librería Rosario Castellanos, 388 pesos

En la mesa de novedades de la Librería Rosario Castellanos, del FCE, recientemente hallé un ejemplar que se suma a una corriente de obras ambivalentes entre el compendio bibliográfico y el instrumento divulgador con tintes de best seller.  Su título: 99 libros para ser más culto de Juan Ignacio Alonso y Fran Zabaleta (MR, 2011). Antes de leerlo cualquiera puede emparentarlo con Cómo hablar de los libros que no se han leído de Pierre Bayard (Anagrama, 2008) y Saber de libros sin leer de Henry Hitchings (Planeta, 2011). Las tres publicaciones dicen satisfacer una necesidad al parecer muy importante: dialogar acerca de lecturas a fin de pasar por un ser de letras. Dos de esos volúmenes, el de Bayard y el de Hitchings, asumen que buscan un lector con poco tiempo para leer otras obras. Pero el título del que refiero en principio, el de Alonso y Zabaleta, promete otorgar no sólo apariencia intelectual sino un aprendizaje real.

Siguiendo la pista mencionada en la línea anterior, 99 libros para ser más culto podría pensarse como un libro de texto, un manual o un escrito útil destinado a estudiantes de literatura en nivel secundario, a gente acostumbrada a ilustrarse en revistas y en Selecciones del Reader’s Digest, a personas con la obligación —generalmente autoimpuesta— de saber, de almacenar y referir conocimientos a la manera de enciclopedistas light, de wikipedias andantes.

En 15 secciones, el libro revisa no sólo narrativa sino poesía y dramaturgia; agrupa de cierto modo cronológico su recorrido y emplea criterios de afinidad de género y lugares de origen. En el primer apartado, “En el principio fue el mito”, se agrupan, entre otros, el Mahabarata y el Ramayana, así como la Ilíada y la Odisea. En el último, “Nuevos caminos para la narrativa”, aparecen revistadas En busca del tiempo perdido y Cien años de soledad, por mencionar un par de la lista. Esta selección va —o intenta ir— a lo seguro, aun cuando pueda achacársele parcialidad o falta de rigor.

Ante ello, los autores reconocen la subjetividad de su selección y justifican sus fines desde la introducción: “Este libro no tiene pretensiones enciclopédicas ni de manual universitario, sino que va dirigido a un público amplio, no especializado, cuyas necesidades de información tienen un límite razonable”. Bien, entonces nos dicen que no es un texto didáctico como pudimos sospechar al toparnos con la portada. También añaden: “La selección es inevitablemente eurocéntrica. Las literaturas orientales están escasamente representadas. Pero somos conscientes de que el público al que el libro va dirigido pertenece a una cultura concreta, la occidental, y ello justifica plenamente este criterio. Del mismo modo, la literatura en lengua española ha recibido una atención preferente”.

Olvidemos entonces este volumen como documento referente de literatura universal. Sin embargo, el norte que brinda todavía no debe desestimarse. ¿Qué categorías sirven para esta parcial —o focalizada— taxonomía literaria? Son claras, pues cada obra citada pasa por el mismo tamiz compuesto por cinco subapartados: “El autor y su obra”, “Argumento y personajes”, “Claves de lectura”, “Curiosidades y anécdotas” y “Si te ha gustado…”

Así, a lo largo de más de 600 páginas van sucediéndose referencias a la Eneida, Las metamorfosis, Prometeo encadenado, Cantar del mío Cid, La divina comedia, el Satiricón, Lazarillo de Tormes, Guillermo Tell, Anna Karenina, Bola de sebo, El viejo y el mar, Ulises y 87 títulos más.

Hasta aquí todo parece conformar una esquematización no desdeñable, incluso podría afirmarse que es útil, salvo para aquellos lectores que disfrutan de los libros no por lo que representan sino por lo que contienen. Cualquiera de éstos podría preguntar: ¿qué valor puede tener un libro contado, uno en el que de antemano se conoce el argumento, la importancia histórica de su aparición y aspectos afínes? Quien piense de esta forma, quien practique una lectura, digamos, hedonista, poca utilidad podrá encontrar en esta novedad editorial. Aun cuando intente no menospreciarlo, posiblemente no se convierta en una de sus lecturas entrañables.

Pero algo que llama la atención es el claro interés de justificar la composición de la antología con un concepto primodrial: “el éxito”.  Dos ejemplos: “El tema de Fuenteovejuna es de los que aseguran el éxito: el levantamiento de todo un pueblo contra los abusos de su señor” (p. 228) o “¿Por qué ha alcanzado Shakespeare tanto éxito y por qué se ha convertido en el mejor dramaturgo de la historia?” (p. 224). En ambas, se repite la palabra que reafirma que esta especie de canon literario se fundamenta en el carácter “exitoso” de las obras, otorgado, claro está, por el tiempo y las convenciones. Viéndolo desde esta perspectiva ninguna de las 99 referencias podría ser impugnada para ser excluida de la lista, algo que han cuidado bien los antologadores.

Un párrafo que destaca al final de la contraportada señala: “Si siempre quisiste saber todo sobre literatura, pero nunca tuviste tiempo de leer a los grandes, sin duda este es tu libro”. El afán comercial remarca la naturaleza de la obra a fin de que nadie se sienta engañado, pues si un acierto tiene este libro es no venderse como producto de divulgación cultural, un canon novedoso o carne para críticos con ánimo de ejercitar sus fauces, aunque bien puede ser una herramienta adecuada. Su interés es otro: estamos hablando de 99 libros para ser más culto -o para simularlo- no necesariamente para ser un lector feliz. En ningún momento deben desdeñarse obras como ésta, pero sería un error quedarse sólo con su afán esquemático. La utilidad de este tipo de publicaciones en este mundo acelerado es, sin duda, la de un índice sugerido.

Salvando la obviedad anterior —una conclusión sincera—, recomiendo atender la reseña a Cómo hablar de los libros que no se han leído publicada por Rafael Lemus en Letras Libres. Y, en correspondencia, enlazo una referencia ampliada a Saber de libros sin leer escrita por Santos Domínguez.

—José Luis Enciso

Anuncios

Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

3 comentarios en “La utilidad de esos libros que parecen inútiles”

  1. De la tríada que mencionas, me pareció especialmente divertido ‘Saber de libros sin leer’. Sobre todo las pequeñas secciones de “cómo enfadar a un seguidor de…”.
    Está claro que en última instancia estos libros no sirven más que para recordarle a uno todo lo que todavía le queda por leer, pero a veces está bien tenerlo en mente.

  2. Muy cierto: son recordatorios de lo que nos queda por leer. Saludos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s