Wertherismos o todos somos emos


Werther (o Las desventuras  del joven Werther)
Autor: J. W. Goethe
Editorial: (confieso que yo lo leí en una edición de la Biblioteca Básica Salvat de 1982, como se constata con la imagen)
Lugar de venta: (supongo que en cualquier librería, el ejemplar que tengo lo robé a mi mujer)

Si por emo nos referimos —de acuerdo con el patrón trivializado por muchos medios de comunicación— a un chico llorón y triste, Werther, aquel joven ideado por el genio de  J. W. Goethe en 1774, podría ser confundido con uno de ellos. La asociación resultará audaz, ociosa o de plano idiota para algunos, ya que ni los emos auténticos son como los caricaturiza la televisión ni aquel muchacho europeo podría relacionarse con la música de finales del siglo XX que dio origen al terminajo. Pero esa relación no debería ser pasada por alto: Werther es un emblema del romanticismo, un producto de la escena y la estética de esa corriente de expresión, un verdadero ser emotivo, un emo anterior y distinto a los que hoy conocemos.

Werther es el joven protagonista de un relato de infortunios amorosos que, dada su naturaleza literaria, culmina con el más grande sacrificio de amor. Una inspiración para cualquier joven con ínfulas de incomprendido. Quien haya leído la obra sabrá que soy un tanto reduccionista, pero no mentiroso, si afirmo que el chaval se pasa los días sollozando entristecido la desventura de un amor imposible y piensa que, al más puro estilo de José Alfredo Jiménez, la vida no vale nada.

Sé que la forma bruta de referirla como lo hago en los párrafos previos lo acerca al culebrón. No es azar. Los tópicos televisivos y cinematográficos —incluida las sagas vampíricas de reciente popularización— le deben mucho al romanticismo, incluso se han encargado de trivializarlo y ello contribuye a que mi afirmación resulte banal. Pero no lo es tanto. El Werther emo resulta admirable, ya creación literaria ya esencia de humanidad. No por nada Las desventuras del joven Werther se convirtió, todavía en vida de su autor, en un fenómeno editorial capaz de provocar efectos tales como la imitación —los jóvenes enamorados, cuenta la leyenda, usaban ropa idéntica a la que vestía nuestro emo en la novela— y aciagas consecuencias, especialmente —por supuesto— la muerte autoinducida.

¿Qué tienen de maravilloso este personaje y esta historia? Confieso que, sin ser de mis favoritas, me movió a registrar —enfebrecido, para estar a tono— algunos de sus pasajes que comparto a continuación:

“La soledad de este paraíso es un precioso bálsamo para mi alma, y esta estación juvenil consuela por completo mi corazón, que con frecuencia se estremece de pena” (P. 22).

“La raza humana es harto uniforme. La inmensa mayoría emplea casi todo el tiempo en trabajar para vivir, y la poca libertad que les queda les asusta tanto, que hacen cuanto pueden por perderla” (P. 26).

“Esto me aferró a mi propósito de no atenerme en adelante más que a la naturaleza. Sólo ella posee una riqueza inagotable; sólo ella forma a los grandes artistas. Mucho puede decirse a favor de las reglas; casi lo mismo que en alabanza de la sociedad civil. Un hombre formado según las reglas jamás producirá nada absurdo y absolutamente malo, así como el que obra con sujeción a las leyes y a la urbanidad nunca puede ser un vecino insoportable ni un gran malvado. Sin embargo, y dígase lo que se quiera, toda regla asfixia los verdaderos sentimientos y destruye la verdadera expresión de la naturaleza” (P. 31).

Y también resulta un buen observador, hasta cuando las chicas feas se vuelven remilgosas para salir a bailar: “Saqué (a bailar) una por una, a todas las señoras, y pude observar que las que valían menos eran las que hacían más dengues antes de decidirse a salir” (P. 41).

Aquí, un par de ideas que resumen el espíritu wertheriano: “Vayan al diablo los razonadores” (P. 65). “¿Es preciso que lo que constituye la felicidad del hombre sea también la fuente de su miseria? Aquel sentimiento cálido y pleno de mi corazón ante la vivaz naturaleza, que inundaba mi alma con torrentes de delicias y convertía en un paraíso el mundo que me rodea, ha llegado a ser para mí un insoportable verdugo, un espíritu que me atormenta y que me persigue por todas partes” (P. 75).

Su amigo, el conde de C, comparte la visión del joven con respecto a las almas “lentas”.  “Me gusta trabajar de prisa y no retocar lo que escribo”, en cambio el embajador con el que trabaja difiere a menudo. Cuando Werther le entrega una minuta, su superior le responde: “Está bien, pero repasadla: siempre se encuentra alguna expresión mejor, alguna palabra más propia”. Esto molesta sobremanera al joven, acostumbrado a ser intempestivo, de una intención: “Lo único que me consuela es la amistad con el conde C. Hace algunos días me manifestó con la mayor franqueza que le fastidian soberanamente la lentitud y la nimiedad características de mi embajador. ‘Esta gente es una polilla para sí misma y para los demás’, me decía; ‘pero hay que sufrirla, como sufre cualquier viajero el estorbo de una montaña. Si ésta no existiera, el camino, indudablemente, sería más fácil y más corto’.” (P. 91)

Y afirma: “Sí; yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo. ¿Y tú? ¿Eres algo más?” (P.108)

El tipo, ya en el colmo del fervor, se niega a deshacerse de un atuendo viejo que fue tocado por su amada Carlota: “Mucho trabajo me ha costado resolverme a dejar el frac azul que llevaba cuando bailé con Carlota por primera vez; pero ya estaba inservible. Me he encargado otro idéntico (…) Me figuro que, con el tiempo, le tocará al nuevo su turno, y será el preferido” (P.114).

Hay en toda esta trama un “conflicto entre individuo y sociedad, conflicto que se encuentra presente en la mayoría de las novelas románticas —sino en su totalidad— y la búsqueda de la felicidad, difícil de materializarse en el orden establecido que constriñe, inevitablemente, a los personajes”, como bien lo señalaba Ana Gorría al reseñar La nieve, novela de otra contemporánea de Goethe, Johanna Schopenhauer, quien era promotora del salón Weimar donde seguramente ambos intercambiaron puntos de vista.

Y es ese conflicto romántico el que fascina a la mitad rebelde que todos traemos dentro, sea reprimida o expuesta, en ella radica el disfrute de la novela. De algún modo, todos somos emos, ¿o no?

—José Luis Enciso

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Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

Un comentario en “Wertherismos o todos somos emos”

  1. Estoy de acuerdo. Permitirnos la intensidad, la espontaneidad y el ímpetu original de un sentimiento nos acerca a nuestra esencia. Las reglas sociales nos ayudan en la convivencia, sí; pero ¿quien comparte? ¿Quién soy yo y que tengo que ofrecer a los demás? Esa exploración es esencial y a la “sociedad” le da mucho miedo perder el control que ejerce sobre cada individuo, por ello nos restringe tanto y ha desarrollado el mejor de los mecanismos: la mirada reprobatoria.

    Si lloramos facilmente, si reímos demasiado fuerte, si somos muy vicerales o beligerantes. Parece que la intensidad molesta y rápidamente vienen a colgarnos el cartel de “exceso”, acto que nos desautoriza automáticamente y anula nuestra voz, el mensaje y el sentido de lo que expresamos.

    Por ello creo que, de todas las ‘tribus urbanas’ que han emergido en el siglo XX, los emos son los más perseguidos y atacados, porque representan la esencia del exceso: sentir plenamente la tristeza y la desesperanza, con todo el cuerpo, hasta la última consecuencia.

    No digo que sea bueno llegar a suicidio. Pero creo que las otras expresiones se concentraron en el placer, en el edonismo. Los emos se centraron en elementos esenciales de la humanidad -tal vez el más importantes- en el sufrimiento, en el miedo, en la tristeza. Si dejamos de lado estos sentimientos ¿Dónde queda nuestra humanidad?

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