Enemistades literarias: odiaos los unos a los otros


La enemistad entre escritores siempre ha resultado atractiva. Si obtenemos placer leyendo que Dickens echó de su casa a Hans Christian Andersen porque éste era un gorrón empedernido o si nos apasionamos con la crónica de un tortazo propinado por Mario Vargas Llosa a Gabriel García Márquez debemos asumir que el chisme se vuelve metaliteratura. Todo lector es voyerista, morboso, un metiche incorregible. Espiar por la cerradura a menudo es una práctica más escandalosa que leer un libro, pero, en esencia moral, son dos actos similares. Odiar y amar son dos verbos que sabemos conjugar mejor afuera que en las páginas que escribimos, por muy literatos que seamos. Juan García Ponce escribió un texto llamado “Amaos los unos a los otros” en el que descubre —con poca novedad, pero mediante una exploración entretenida— que el mundo literario es como la vida misma. Este es el escrito:

El agua y el aceite no se llevan y parece ser que tampoco los escritores. La famosa aunque un tanto tirante amistad entre Goethe y Schiller no es un caso frecuente en la historia de la literatura. En el amplio Siglo de Oro español el odio y el terrorismo literario estaban en la orden del día de todas las grandes figuras y la historia de afrentas y venganzas podrían llenar varios manuales bastante menos aburridos que los que en general abruman a los estudiantes con sus monótonas fichas. Sabemos que Tolstoi creía firmemente que Dostoievski era un malvado y que con sutileza dostoievskiana éste fue a postrare de rodillas delante de Turgueniev con el genial propósito de que el homenajeado se sintiera humillado. Dickens profesaba un odio abierto por Thackeray y a su vez éste estaba firmemente convencido de que su compañero en todas las historias de la literatura inglesa era un villano. Nunca se sabrá si la reyerta de cantina en la que Marlowe encontró su poco edificante final fue el violento corolario de una discusión literaria; pero es un hecho conocido que el olímpico desprecio de Goethe precipitó en la locura en cierta medida a Hölderlin. El intento amoroso entre Verlain y Rimbaud terminó a balazos… Melville confesó que la elogiosa dedicatoria de Moby Dick a Hawthorne ocultaba la malvada intención de aplastarlo con su genio, vengándose así de la incomprensión que el escritor admirado había mostrado por sus obras anteriores. Y la interminable historia de silencios rencorosos y comentarios rechinantes se prolonga hasta nuestros días, sin abandonar la misma pura y delicada tradición, en diarios, cartas, biografías y artículos.

                En su exhaustiva biografía sobre Marcel Proust, George D. Painter relata cómo en la única ocasión en que Proust y Joyce se encontraron, en una fiesta primero y compartiendo un taxi al terminar ésta, el diálogo se redujo casi por completo a que Proust le comunicara a Joyce que no lo había leído y Joyce respondiera que él tampoco había leído a Proust, aunque parece ser que después de cerrar esa laguna en sus respectivas cultura, los dos lamentaron no haber tenido la oportunidad de hablar más e insultarse más ampliamente a través del elogio. Aldous Huxley retrató con venerable admiración a D. H. Lawrence en Contrapunto y se burló de Murray Dickson; en pago, Dickson lo respetó siempre y en la única ocasión en que Lawrence comentó el homenaje fue para insinuar que no estaba mal, teniendo en cuenta que Huxley no entendía nada de esas cosas. En su Diario, Virginia Woolf atribuye la admiración de T. S. Eliot por Ulises a la anemia de éste.  Por las cartas de Rilke sabemos que eludió cortésmente la petición de Gide de que tradujera al alemán sus Alimentos terrestres aduciendo que estaba sumergido en su propio trabajo y en tanto traducía a Valéry. A su vez, Gide se burlaba de la posición puritana de Claudel ante su actitud sexual y en pago éste se negó a asistir al entierro de su colega, anunciando que tenía un derecho de apartado en el infierno. Hemingway agradeció la protección literaria de Sherwood Anderson ridiculizándolo en The torrents of spring, y para corresponderle Sherwood asegura en sus Memorias que el escritor viril por antonomasia inició su carrera como impotente. El mismo escritor cerraría brillantemente esa carrera con virulentos comentarios sobre Gertrude Stein y Scott Fitzgerald, al que, en pago por haberlo ayudado en sus primeros años en París, ya había empezado a crucificar con un comentario despectivo sobre su amor por los ricos en la versión original de Las nieves del Kilimanjaro. Los surrealistas expresaron en masa su opinión sobre las opiniones políticas de Ehrenburg mediante el sugestivo recurso de caerle a golpes. Salvador Novo en México y Norman Mailer en Estados Unidos han recurrido en algunas ocasiones a esa definitiva forma de expresión literaria, manifestando a través de ella su opinión sobre algunos colegas.

La larga y virtuosa amistad de Thomas Mann y Herman Hesse, retratada por él en El juego de abalorios, podría verse como una perturbadora excepción; pero el mismo Mann manifestó la respetuosa admiración que durante algún tiempo determinó su relación con su hermano Heinrich definiéndolo como el hipócrita que expresa su convicción humanista “Declamando el Contrato social con la mano sobre el corazón y odiando al mismo tiempo a su hermano”. Y la límpida adoración que siempre pareció tener por Hauptmann mostró su verdadero sentido cuando éste encontró su manera de hablar ridiculizada en el Mynheer Peeperkorn de La montaña mágica. Sin embargo, la intachable generosidad de Mann reaparece triunfante cuando le asegura al solitario y olvidado Robert Musil en una carta que “no existe en idioma alemán ningún escritor vivo cuya gloria póstuma me parezca tan asegurada como la vuestra”. La profecía no debió resultar un consuelo suficiente para Musil, porque en otra carta a un tercero él se refiere a la proyección mundial de la figura de Mann, a la que en esa época contribuía su militancia política, como “el circo de Mann”. Y los retratos más o menos disimulados que ha dejado en El hombre sin cualidades de figuras como Luwing Klages, George o Franz Werfel pueden alabarse por todo, menos por su buena voluntad.

La historia podría prolongarse ad infinitum. En ella la regla parece inevitablemente pagar la generosidad con la afrenta y la afrenta con un perdón no menos ofensivo. El conjunto crea una bella imagen. Puede pensarse que en este aspecto el mundo literario es “como la vida misma”, nadie deja de practicar rigurosamente el hermoso mandato: Amaos los unos a los otros.

(Foto de García Márquez con el ojo morado: Rodrigo Moya)

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Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

1 comentario en “Enemistades literarias: odiaos los unos a los otros”

  1. El texto de García Ponce ha sido tomado de “Desconsideraciones”, libro editado por Anagrama en su Serie Informal (número 34) en diciembre de 1981 (Barcelona)

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