Argumento para una historia de cucarachas (cuento)


A mí

—¿A dónde, joven?

—A la Escandón. ¿Tarifa habitual?

—Después de las 10 de la noche siempre se cobra tarifa nocturna, joven.

El tipo abordó sin chistar, resignado, un tanto agradecido, supongo. No tenía opción. O se trepaba conmigo o deambulaba por las calles como ánima sin sosiego. ¡Y con el frío de aquella oscuridad! Preferible aventurarse en mi taxi. Era esa hora imprecisa que el lenguaje llama amablemente madrugada, justo el momento en que los rostros de los transeúntes parecieran no tener ni ojos ni sonrisas, solo cuencas sepulcrales. Ah, los rostros.

Me pareció de esos listillos que siempre creen saberlo todo de los demás. Nos pusimos en marcha. Sin duda, él esperaba que mi cháchara —la esperada cháchara del conductor— se iniciara con fabulaciones acerca de algún atraco nocturno o de almas en pena o de alguna rubia seducida en ese mismo vehículo que nos transportaba, pero no quise seguir el juego a lo predecible, así que, por no callar, pregunté: «¿A qué se dedica, joven?»

Debo aceptar que su respuesta, precedida de un silencio largo, estuvo fuera de lo común para mí. Con una voz que se oía como si se escapase de una cloaca me dijo que era escritor. No entendí si ese tono era producido por el orgullo o reprimido por cierta vergüenza. Yo había tratado con todo tipo de gente, pero nunca con uno de esos.

—A mí también me gusta contar historias. Me hubiera encantado ser autor de guiones para cine —respondí—. En la universidad no era tan malo escribiendo. Yo estudié ciencias de la comunicación, ¿sabe?, pero como no encontré empleo ni de comunicólogo ni de periodista tuve que salir a llenar de hule el pavimento de la ciudad. Antes de tener el taxi fui camionero, manejaba un tráiler; después fui chofer de microbuses, en varias rutas, pero los horarios de trabajo y los trayectos fijos, repetidos una y otra vez, no me gustaron, por eso conseguí este coche.

—Qué interesante —soltó mi pasajero, con voz soterrada y hueca. La ironía no tan velada comenzó a irritarme. Intuí que el tipo temía a mi plática, pensaría que yo iba a tratar de distraerlo para poder alterar el medidor de tarifa. Vaya falsedad.

Un semáforo nos detuvo. La calle estaba casi desierta, sin rastro de movimiento, excepto por algunas siluetas que emergían de una alcantarilla cercana. Eran pequeñas: o de niños o de enanos. Dos de esas informidades se acercaron a la ventanilla. No tenían rostros. Tocaron la ventanilla y alargaron unas manitas que parecían de monstruo, deformes y de uñas largas. El tipo los ignoró. Creo que estaba aterrado. Comencé a odiarlo por ello. La luz verde se encendió y reinicié el avance. Sonreí al distinguir entre la penumbra del coche que el viajero se toqueteaba el cuello, azorado; miraba a uno y otro de sus hombros como si hubiese percibido las patitas de algún insecto y ahora lo buscara. No encontró nada. Entonces prefirió hablar:

—¿Chofer de microbús? —preguntó para hacer menos evidente su sobresalto.

—Sí, fui chofer de varios, en distintas rutas. Uy, todo lo que ahí sucedía y lo que contaban otros conductores vale ser recopilado en un libro. ¿Quiere que le cuente alguna de esas historias?

—Si quiere —respondió con cierta indiferencia.

—Escríbala y después la publica en alguno de sus futuros libros, se la regalo…

—No, no, no es necesario…

—Apúntela, hombre, después la hace cuento o novela o lo que quiera.

Más por compromiso que por interés, el tipo cogió un bolígrafo y sacó de su portafolios un cuadernillo. Encendí una luz rojiza en la parte posterior del auto para que viera lo que iba a garabatear. Su mirada era la de un animal preso y atemorizado. Tenía la atención fija en la réplica miniatura de un perrito terrier sentado cerca de la palanca de velocidades, la mascota de mi taxi.

—El pelambre parece de un animal vivo —dijo mientras lo miraba con fijeza. El comentario no halló respuesta.

—Ahí tiene que un tipo sube a un microbús. Antes de pagar el viaje saluda al chofer: «Buenas noches», dice, pero el conductor no le contesta.

—No le contesta… —repitió mientras fingía que escribía, durante otra detención de semáforo.

Se inquietó de nuevo. Estoy seguro de que deseaba preguntarme ¿por qué detenía el auto en un crucero, si a esa hora los semáforos dejan de funcionar y las alternancias entre la luz roja y la verde son sustituidas por la intermitencia de la luz amarilla? A pesar de ello permaneció callado. Volvió a hacer el ademán de sacudirse algún bicho del cuello. Esta vez lo noté más asustado. Después de medio minuto, puse en marcha el taxi y continué el relato. Para entonces mi odio era sólo superado por el desprecio que sentía hacia el tipo aquel:

—El pasajero paga y avanza por el pasillo. Mira que el microbús transporta pocos viajantes. Ninguno se mueve, parecen dormidos. Se acerca a una mujer gorda, inmóvil también, que lleva entre sus brazos un perrito terrier. La saluda: «Buenas noches». Ella no contesta. Él pasa por alto la grosería y ocupa un asiento adelante de la gorda. De pronto, mira que una manchita se mueve sobre su hombro izquierdo; se da cuenta de que es una cucaracha; la tira y la aplasta. Minutos después otro bicho idéntico se mueve en su brazo derecho. Lo arroja al suelo y lo machaca con una de sus suelas. Gira la cabeza y busca la mirada de la gorda que viaja en el asiento trasero. Ella permanece inmóvil, con la vista extraviada, inexpresiva, completamente indiferente, ¿me entiende?, ¿está anotando?

—Sí —la voz de sombra se había adelgazado como una cuerda a punto de romperse. El tipo exageró sus ademanes de escribiente.

—Bueno, pues el microbús sigue su curso; ningún viajero sube, ninguno baja. Instantes después, él, nuestro protagonista, ese pasajero al que llamaremos… ¿cómo se llama usted?

—José Luis.

—Mmm, su nombre no suena como de personaje… pero, en fin, para darle un nombre al pasajero lo llamaremos José Luis, ¿está de acuerdo? Bien, pues José Luis se da cuenta de que otra cucaracha camina sobre su muslo izquierdo. Se pone de pie como por efecto de algún resorte, pero el insecto no cae. Sacude su pierna y logra tirar el bicho. La cucaracha camina rápido por el suelo; él la persigue dos pasos y la aplasta. Entonces, un tanto asqueado, José Luis decide cambiarse de lugar y se muda a un asiento contiguo al que ocupa un anciano dormido; desde ahí mira ya con cierto recelo a la mujer… ¿Quiere un cigarro, joven?

Le hice el ofrecimiento a fin de que se relajara. Un tic se había apoderado de sus manos: volvían una y otra vez a su cuello, apretaban la corbata, después la aflojaban, tentaleaban los hombros y luego hacían anotaciones.

—No, gracias —atajó el ofrecimiento. Contuvo, después, un acceso de tos originado por mis fumaradas. Me dieron ganas de golpearlo.

—Bueno, si no quiere ni modo. Ahora prepárese para conocer el desenlace: José Luis observa a la gorda y es así como se da cuenta de que el perrito de la mujer no está vivo, sino disecado, y que de su hocico van saliendo cucarachas que se dispersan como plaga. Se indigna, se asquea, se encabrona. Justo antes de levantarse para encarar a la mujer inmóvil, mira que otra cucaracha baja de un zapato del anciano dormido y se encamina hacia él. La aplasta y, por el efecto de la luz neón del microbús, descubre un brillito metálico en el cadáver del bicho; lo hurga con la punta de su pie izquierdo y encuentra unas plaquitas con alambres similares a las que tienen en su interior las computadoras, sólo que muy diminutas, ¿ya sabe de cuáles?

—Sí.

—Pues de esas. Descubre así que se trata de cucarachas eléctricas; entonces ve que en el pantalón del anciano dormido hay tres cucarachas más; intenta despertar al viejo y, ¿qué cree?

El tipo estaba harto de mi historia. Quiso hacerse el listo y creyó que adelantándose a conocer el final, aunque con un argumento propio de película gringa de los años 70, pondría fin al suplicio que apenas estaba a punto de dar comienzo:

—No me diga: el anciano estaba muerto por causa de un ataque de las cucarachas eléctricas asesinas, ¿me equivoco?

—Sí, joven, se equivoca: no estaba muerto; nunca estuvo vivo; ¡era un maniquí! José Luis descubrió que el viejito era un muñeco y que el resto de los pasajeros también lo eran, incluso la gorda; ninguno de ellos estaba dormido porque ninguno tenía vida; por eso nadie se movía. Pero eso no fue lo peor, amigo.

—Ah, ¿no? —comenzó a darse palmaditas en el cuello y en la nuca.

—No. Lo peor viene cuando José Luis se da cuenta de que más bichos salen de las bocas de los maniquíes. Por eso decide bajar del microbús. Acciona el timbre, pero el conductor no lo atiende; llama una y otra vez, incluso descarga puñetazos en láminas y cristales del vehículo, mas es ignorado. Increpa al que conduce, lo amenaza, lo injuria, pero es inútil. Por medio de un enorme espejo retrovisor que pende frente al chófer, José Luis mira entonces al conductor responder con una sonrisa que revela unas encías sangrantes y casi despobladas excepto por un colmillo, posiblemente de oro, que destella. Y así termina la historia. ¿Le gustó, amigo?

—Sí, claro —mintió y para darse un poco de valor se atrevió a añadir—: aunque no sé si espera escuchar que su cuento me ha parecido original o aterrador, porque no ha sido así… —a las palmadas siguieron golpes fuertes en mejillas, pecho y hombros. Su voz ya era casi llanto.

—No le parece aterrador, dice usted. Bueno, quizá no lo sea y lo admito con vergüenza, pero si en algo se ha equivocado es en decir que mi historia es un cuento porque en realidad… no lo es… —dije y al hacerlo no reprimí la sonrisa que tenía guardada desde que el tipejo ese había subido al taxi. Por el retrovisor la dejé escapar en toda la amplitud de mi boca. El bastardo hizo un puchero al verla, sobre todo se quedó mirando mi colmillo. Después quiso preguntar «¿en dónde estamos?», como todos los de su ralea, pero prefirió taparse la boca para evitar que los bichos se le metieran. Para esas alturas, seguramente estaba ya convencido de que el cosquilleo en su cerviz no se debía a desconfianzas nocturnas.

El taxímetro hacía rato que había dejado de funcionar y él no se había dado cuenta.

—José Luis Enciso

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Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

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