Steve Jobs: entre icono pop y Gutenberg contemporáneo


Las múltiples manifestaciones de pesar en internet por la muerte de Steve Jobs —el anuncio del deceso generó 10 mil tuits por segundo— evidencian la calidad de icono pop de este hombre que, ante todo, era un comercializador, aun cuando en estos momentos se prefiera adjetivarle como “genio”, “gran hombre”, “revolucionario”, “visionario”.

Habrá quien acepte sin chistar que Jobs puede ser equiparado con Johan Gutenberg, que las innovaciones tecnológicas por él propiciadas serán vistas en el futuro como las dadas a conocer en aquella feria de Frankfurt —en la década de 1440— en la que una base tecnológica similar a la usada para hacer vino ayudaría a producir en serie uno de los objetos más subversivos de la historia: los libros.

Pero la base tecnológica de Jobs, innovadora, ciertamente, ha surgido en un tiempo a cuya aceleración contribuye: el tiempo de la inmediatez y el culto por la novedad. El modelo de ipod —la marca es tan fuerte que no faltará quien halle un error en la forma en que escribo ipod  o iphone— de  ayer, hoy no sólo es obsoleto, sino anticuado e indeseable. El reto es que una base similar —por fortuna, igualmente subversiva— contribuya a preservar el mito. La base, sin duda, permanecerá. Por ello, quienes dominan las redes sociales, los gadgeteros en primer lugar, han encumbrado a Jobs como su gurú. Recordemos que hoy la historia se genera  ahí, donde está el diálogo. Pero los temas duran poco. Acaso regresen. Veremos cuánto duran los cultos.

Las oraciones y las imágenes de luces votivas —diseñadas desde una Mac—, los besos por “facilitar la vida” que algunos lanzan desde el más acá al espíritu de Jobs —que, por cierto, ya tiene cuenta en Twitter y me “sigue”: @almadeSteveJob; comenzó a hacerlo apenas se había anunciado el deceso del fundador de Apple— son lamentaciones de otros a quienes, sienten, les ha complicado la existencia. Las innovaciones ideadas por la compañía de Jobs, cobradas a un precio considerable, se han dado en una base social que tiene grandes disparidades, igual que en el siglo XV: entonces, unos cuantos tenían acceso a la lectura, mediada, en gran medida, por los máximos poderes, en especial por la Iglesia. Ahora ese poder se ejerce desde los bancos —y en esto recuerdo a Alberto Manguel— y el acceso sigue siendo el mismo: limitado.

Esta desigualdad, arrastrada desde siempre, nos recuerda que si bien el libro en serie contribuyó a la divulgación del conocimiento, su industrialización fue aprovechada por algunos y el analfabetismo se magnificó como problema y dinámica de subordinación; ingenuo es pensar que la producción y la compra de muchos libros mejoren las sociedades —ya los antiguos sabían que acumular conocimiento no era conocimiento en sí—; hoy, la generación de los gadgets de Jobs por sí no ayudarán a democratizar nada; la realfabetización que implica usarlos debe venir de una base social con mayores oportunidades de conseguirlo. Los gadgets “facilitan la vida” sólo al sector que tiene acceso a ellos, no al resto, que no siente estar mejor conectado ni mejor comunicado. Para esa realidad alterna (la twilight zone que existe fuera del mundo informatizado) hablar de Steve Jobs es tanto como hacerlo de cualquier desconocido, tal vez sólo visto en algunos medios de comunicación que decidieron priorizar la muerte de este hombre por encima de temas que afectan directamente la vida de sus comunidades. Jobs venderá hasta estando muerto.

Si hay un paradigma social al que Jobs contribuyó a acelerar y transformar fue a la urgencia como  forma de vida, su imagen de exitoso hombre de negocios vino a ocupar el lugar del hacedor de  milagros que se ha desdibujado en otros ámbitos. Decía ayer en Facebook: “Para muchos mexicanos, dimensionar en la realidad el trabajo gadgetero y comercial de Steve Jobs en este momento es peor que ofender a la Virgen de Guadalupe”. Lo sigo pensando. Mediático, orador eficaz, su discurso y su imagen son fuentes para un manual en la construcción de las nuevas superestrellas que ahora prefieren ser llamados “líderes”. Jobs es su modelo. Habrá que valorar el talento personal de quien lo emule.

*Imagen: Jonathan Mak

—José Luis Enciso

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Autor: bitacoradenaufragios

José Luis Enciso (México DF, 1976). Escritor y promotor cultural. Es autor de Los condenaditos (Pre-textos, 2005), Premio Internacional de Cuentos Max Aub, y El amor antes y después del final del mundo (IMC, 2014). También ha obtenido el Premio Internacional de Cuento Ciudad de Zaragoza (2012) y ha sido incluido en antologías en Argentina, España y México, como Bella y brutal urbe (Resistencia, 2013). Actualmente combina su escritura con la coordinación de actividades culturales y redes sociodigitales del Fondo de Cultura Económica. @jlenciso

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