Acerca del cuento: entrevista en Radio México Internacional


Comparto esta entrevista que me hizo Rita Abreu para Radio México Internacional, acerca del cuento y del Premio Nacional Beatriz Espejo obtenido con «Lo que pasa por la mente de un tirador». La introducción y las fotos son de Laura Fernández. Agradezco el espacio y el tiempo, a Laura a Rita y al IMER. Lee y escucha aquí.

Foto: Laura Fernández

 

El jardín de Marcela y Viking, de Humberto Rivas


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Los abrazos caníbales, libro de cuentos de Humberto Rivas, se inicia así: «La noche acecha tras los rascacielos / Es la hora de los abrazos caníbales (Octavio Paz)». El epígrafe le ajusta muy muy bien a esta obra en la que las bestias son demasiado humanas y viceversa, unidas por el deseo y la antropofagia, en una ciudad siempre nocturna aun cuando no sea de noche. El editor de la obra, Daniel Goldin, detalla en la cuarta de forros aún más este carácter sórdido: «Incluso cuando se le retrata de día, su luz es de neón y lo que allí sucede es natural y extraordinario, como en los sueños… o en las pesadillas».

Con este volumen, Humberto Rivas obtuvo el Premio Nacional de Cuento Bellas Artes (entonces «San Luis Potosí», ahora «Amparo Dávila») en 1994. Lo publicó Océano en 1998 y, como suele pasar con los libros de cuento, es infrecuente en las estanterías, por no decir que es una rareza.

Hace tiempo, tras leer este libro intenté una colección propia llamada Onirografías, motivado por estos relatos, de la cual si algo rescato es esa palabreja que le da título, pues bien puede aplicar para los cuentos de Rivas: pueden ser leídos como escrituras desde los sueños, amenazantes, lúbricas, a veces dolorosas, brutales siempre.

Comparto acá dos de los relatos incluidos en Los abrazos caníbales, lo hago a manera de muestra y porque, lo decía, el libro ya no se encuentra con facilidad.

El jardín de Marcela

Se descolgaban a través de la ventana, raspaban los vidrios con la cola y con las garras. Marcela observaba a los animales, pardos, antiguos. Ella misma era un animal, un animal babeante y triste; su cola no era escamosa sino de seda, la larga cola negra de su vestido de seda.

Otros animales la llamaban, pero ¿de dónde provenían sus gritos?, ¿acaso esos llamados pertenecían al lenguaje de Marcela? Quizá sólo eran sonidos que imaginaba. Tal vez el único animal de su especie era ella.

No eran flores negras, mojadas por la lluvia nocturna lo que veía Marcela desde su cuarto; tampoco sombras que se formaban y se deformaban; eran las caras de las iguanas, interrogantes, las que asomaban a la ventana. Creía oír el sonido lejano de la selva, aunque se encontraba a muchos kilómetros de distancia. Las alimañas viajaban desde allá o eran transportadas por los campesinos. Cuando no eran los camaleones, eran las cucarachas gigantes, o los moscos, las libélulas, las culebras de agua. El jardín de Marcela hervía de arácnidos, de volátiles venenosos y de sapos.

Marcela aguardaba con la vista clavada en la ventana. Lo escucharía llegar y juntaría fuertemente los muslos, los esfínteres. Y permanecería de pie ante la ventana, acoplando el ritmo de su respiración al inflarse y desinflarse de los cuellos de las iguanas. Él la tomaría por los hombros; al ver que ella se resistía, que estaba rígida, comenzaría a despojarla de su vestido negro, de sus medias negras. Mordería dulcemente el cuello y la espalda.

Él nunca veía a las iguanas porque un asco antiguo se le subía a la garganta y casi lo hacía vomitar.

Marcela se creía fluvial; mascarón de proa su cara blanca, nobles los huesos de la frente y de las clavículas.

Él también pensaba que Marcela era fluvial; un canal de aguas estancadas. Sin embargo la visitaba. Vuelta de espaldas, como siempre, marcela lo hacía experimentar las más desgarradoras sensaciones.

Sin ser un animal fulgurante, él era aceptado tras esa ventana.

Se encontró cruzando el jardín bajo una tormenta tropical; en las baldosas resbaladizas sorteaba culebras, signos, manchas palpitantes. Su gabardina escurría al abrir la puerta. Depositó el paraguas en le paragüero blanco: un cuervo de alas destrozadas en un cilindro de marfil. Llamó a Marcela quedamente, calmosamente desde la penumbra. Ella emitió un suspiro pero no se movió de su sitio. Él avanzó hasta la nuca y depositó un beso mojado. Marcela buscó el pene y lo colocó entre las piernas. Esa vez no fue la sensación húmeda primero; sintió una rugosidad extraña. Se mantuvo en esa posición por unos instantes, hasta que notó un golpeteo entre las piernas de Marcela; dio un enérgico paso atrás y la impulsó contra la ventana. Marcela daba gritos agudos sin soltar al animal. Lucharon hasta que él la dominó y pudo arrancarle a la iguana del vientre tirando de la cola escamosa. Marcela siguió gritando y jadeaba con las manos entre las piernas. Él corrió las cortinas y limpió la sangre de la frente de Marcela, la arropó y estuvieron un rato en silencio.

Afuera, en el jardín, ascendía un zumbido como de chicharras que envolvía toda la casa, petrificándola.

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Viking

Estás metido en el agua hasta los tobillos. Una lámpara te calienta la cabeza, casi calva. A estas alturas, recordar a la Viking se ha vuelto una zarza ardiente. La recuerdas ebria de placer. Estaba desnuda y palpitante bajo tu cuerpo desnudo; sudaba tanto y era también como si combatiera…

Circulaba por calles que te eran familiares. Recuerdas una melena rubia, un cuerpo alto y macizo enfundado en mezclilla. La sospecha de que conocía todos los trucos, la sensación de que junto a ella no desaparecería tu poder de experimentar cualquier dolor físico a voluntad. Una mirada gris y profunda, un rostro desesperado e inaccesible. Su voz como rota, también te arrimó a ella.

Una noche te hizo un largo relato autobiográfico. Parecía que contar era lo único que le entusiasmaba. Tú lo creíste todo a medias, como debe ser. Pintó un cuadro de infancia: clínicas, separaciones, jeringas, enfermeras, desolación, dolor… Estaban bebiendo, recuerdas. Cuando la abrazaste y comenzaste a besarla, tu corazón percutió enloquecido. Estás seguro de que te clavó algo en el pecho. La Viking metida en la traición, fulgurante. Practicando su deporte, haciendo su cábala. Recuerdas su frente arqueada, sus ojos enormes y grises y un hilo de sangre entre sus finos dedos. Después caíste en una salvaje modorra.

Quizás después fue cuando te colocó un ancho cinturón con el producto. Y te echaste a la calle a repartir los esplendores. Luego de eso, todo fue como un tobogán: sonidos desgarrándose sobre tu cabeza, casi calva, y una vez más el dolor que podías hacer que se produjera a voluntad: en el brazo, en la nuca, en la planta del pie…

Y cuando volvías a ella, su cuerpo desnudo era como una aparición, surgiendo esculpido de la oscuridad cada vez que encendías un cerillo. Reía y te acariciaba. En esos momentos no podías hacer que los dolores acudieran. En ese instante fue cuando debiste saber que la Viking te traicionaba, que te iba a hacer la gran jugada.

Puedes inventar que te engañó. Puedes inventar que de noche las avenidas de la ciudad se convierten en frías líneas de luz, que es una gran pantalla de juegos y que un Dios perverso, infantil y fantasioso juega con ella y sus muñecos; los quiebra o los hace resplandecer. Puedes inventar que la ciudad huele a gasolina y al perfume de la Viking. Lo que no puedes inventar, a estas alturas y con el agua a los tobillos, es el olor salvaje de sus axilas, de sus ingles, de su sexo, de su boca, ni sus dientes feroces de animal de jungla alrededor de tus labios hinchados, ni su caricia leve por tu estómago, por tus muslos, rozando apenas su deseo, mientras repetía su propio nombre, embarrándotelo en la boca, en los párpados, en la frente, en las mejillas, tratando de dejártelo ahí, como una rencorosa advertencia.

No. Ahora tampoco puedes hacer que vuelvan los dolores. Parece todo tan inapropiado, ahora que estás metido en el agua hasta los tobillos, cegado, con una lámpara que calienta tu cabeza y los guardias hirsutos, carcajeantes, cruzando albures, recomienzan su labor para sacarte la información, quién es la Viking, qué lazos tienes con ella, dónde hallar a los demás contactos, cómo la conociste. Y tú, con ella en la cabeza, harto de ella y hambriento de ella, no sabes decirles nada.

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Érase un perro, de Alfonso Reyes: acerca de nuestra mansedumbre


Este breve texto está inspirado en un can feo y callejero que conmovió a Alfonso Reyes en alguna de sus tantas visitas a Cuernavaca y que le sirve para exponer acaso las tribulaciones de ciertas almas humanas, aquellas que hallan tranquilidad en la resignación, el conformismo y la servidumbre. Apareció originalmente en el hoy extinto periódico Novedades el 27 de diciembre de 1953, seis años antes de la muerte del autor. Con apenas página y un párrafo, logra un efecto disparador como la microficción, de hecho yo le llamo “ensayo”, pero bien pasa por artículo, cuento y crónica.

Érase un perro

Por la terraza del hotel, en Cuernavaca, como los inacabables mendigos y los insolentes muchachillos del chicle, van y vienen perros callejeros, en busca de un bocado. Uno ha logrado conmoverme.

Es un pobre perro feo, pintado de negro y blanco, legañoso y despeinado siempre. Carece de encantos y de raza definida, pero posee imaginación, lo que lo enaltece en su escala. Como el hombre en el sofista griego —fundamento del arte y condición de nuestra dignidad filosófica—, es capaz de engañarse solo.

alfonso reyes y su perro alí en buenos aires
Alfonso Reyes y el perro Alí (Buenos Aires, 1927)

Se acerca siempre sin pedir nada, a objeto de que la realidad no lo defraude. Se tiende y enreda por los pies de los clientes, y así se figura tener amo. ¿Algún puntapié, algún mal modo, alguien que lo quiere echar de la terraza? El perro disimula, acepta el maltrato y vuelve, fiel: nada solicita, sólo quiere sentirse en dependencia, en domesticidad humana, su segunda naturaleza.

Los amos no son siempre afables, pero él entiende; los tiempos son duros, la gente no está de buen humor, los países andan revueltos, el dinero padece inflación, o sea que el trozo de carne está por las nubes. Toynbee diría que cruzamos una “era de tribulaciones” (age of troubles), algo como haberse metido en una densa polvareda. El perro entiende. Por lo pronto, ya es mucha suerte tener amos, o forjárselos a voluntad.

A veces, una mano ociosa, a fuerza de hábito, le acaricia el lomo. Esto lo compensa de sus afanes: “Sí —se dice meneando el rabo—, tengo amo, amo tengo.”

Hay algo todavía más expresivo cuanto a la ilusión del pobre perro, y es que se siente guardián del hotel, y gruñe a los demás perros y los persigue para que nadie moleste a sus señores ni mancille su propiedad.

Así, de espaldas a sus semejantes, sentado frente a su humana quimera, alza la cabeza, entra en éxtasis de adoración—y menea el rabo. (¿La “servidumbre voluntaria”?)

Fuente: Alfonso Reyes, “Érase un perro”, Las burlas veras. Primer ciento, Obras Completas,  t. XXII, Fondo de Cultura Económica, México,  1990, pp. 429-430.

La última cena, de Héctor A. Murena


El nombre de Héctor A. Murena es leído en la literatura latinoamericana no de manera masiva; se trata de “un autor al que se conoce mucho menos de lo que exigiría su importancia”, dice Guillermo Piro en la antología que el Fondo de Cultura Económica publicó en 2002 con fragmentos de la obra de este escritor argentino. En una búsqueda rápida de su legado en la web pueden hallarse textos notables, salvo el que reproduzco a continuación, un cuento corto que muestra la habilidad narrativa de este autor:

La última cena
Héctor A. Murena
La historia de los trabajos de Leonardo da Vinci es oscura.
La extremada reserva del maestro, el recelo que lo llevó incluso a escribir de derecha a izquierda, el aura de misterio que le conferían las estatuillas de ídolos bárbaros de las que no se separaba, todo en fin, hizo no sólo que muchos lo tuvieran por mago o impío, sino también que numerosas circunstancias de su vida y su obra permaneciesen ignoradas.
Dentro de esta incertidumbre, nada más incierto que el caso de La última cena, del convento de Santa María delle Grazie, en Milán.
Matteo Bandello manifiesta que tardó quince años en ejecutarla y que Ludovico el Moro se enfadaba por la lentitud de su protegé. Sin embargo, Luca Pacioli la da por concluida en 1497, o sea seis años después del establecimiento de Leonardo en Milán.
Una versión de Vasari parece confirmar lo aseverado por Bandello. Narra que el maestro, nunca satisfecho con los modelos que posaban para esa pintura, vagaba por las campiñas vecinas a la ciudad en busca de hombres con rasgos que se aproximaran

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Just do it, ilustración de Adriana Degetau (@adegetau)

a lo que él imaginaba. Así halló a su Cristo, joven leñador de rostro muy hermoso y espiritual. La fortuna en cambio se le había mostrado adversa en cuanto al modelo para Judas Iscariote. Transcurrieron los años y el cuadro continuaba inconcluso, porque al maestro no terminaban de complacerle ninguno de los dispuestos a posar para tal imagen.
Un día en una taberna de los suburbios encontró al hombre con la cara deseada. Comenta Vasari que Leonardo, al examinar al sujeto a la luz, apenas habría podido contener una exclamación, a causa de la exactitud con que aquellas facciones crueles y angustiadas respondían a lo que él había concebido. Pero cuando supo que era el mismo leñador que años atrás posara como modelo para Cristo, el mismo leñador, que desde entonces se había vuelto criminal y ladrón, Leonardo se quedó , por así decirlo, tranquilizado.
Hizo que lo acompañara a su taller, a paso sin duda lento.

Tomado de Visiones de Babel, Héctor A. Murena. FCE, 2002, colección Tierra Firme.

Éste es el loco que se metió en mi cama


Lean este estupendo apunte de la obra de Tario: me gusta porque no es un análisis pretencioso desde el punto de vista de la crítica, sino que surge desde la honestidad lectora que da cuenta de un asombro genuino.

palabrasaflordepiel

El loco: Francisco Tario El loco: Francisco Tario

Es un fantasma demente que no me deja dormir. Y estoy feliz.

Una y media de la mañana. Estoy en mi cama (adentro, no encima: es pertinente la exacta preposición) y él está conmigo. No me puedo dormir. Otra vez cometí la estupidez de ponerme a leer, a las 11:30 p.m., “un par de páginas” antes de apagar la luz. Dos horas después, el par se ha convertido en 94 páginas saboreadas y sabroseadas. Y también en la urgencia de escribir algo, lo que sea.

Pocas cosas me emocionan tanto como toparme de frente con un escritor indispensable. Uno que sin ritual de por medio se inscribe en mi panteón personal (pan-teón en su sentido primero: templo dedicado a los dioses). En otro momento investigaré más sobre este autor raro, del que sólo había leído el espléndido cuento “Ragú de ternera”, incluido en la antología Ciudad fantasma

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Los hombres que venían de lejos


Los hombres que venían de lejos llegaban buscando algo. A veces creían hallarlo. Otras, tal vez encontraban lo que perseguían, pero no se daban cuenta. Algunos volvían sobre sus pasos, los más seguían su camino, mas sin saberlo también volvían. Toda partida era un regreso. Los que se quedaban a poco se convencían de que lo hallado, el deseo cumplido, era menos valioso de lo que habían imaginado. Sin embargo ya no podían irse. No se los impedía ninguna limitante física, sino su resignación. Entonces añoraban el camino de los que se iban, a veces sin saberlo incluso. Los idos envidiaban en secreto a los que se quedaban, siempre. Y eso no era un secreto para nadie. En ocasiones intercambiaban cartas. En ellas se mostraban optimistas, deseosos de un mejor porvenir para todos. Sabían que mentían, pero les importaba ser amables, ante todo. Intuían que eso que buscaban estaba en alguna parte. Pero, invariablemente, todos morían dudando si lo andado había sido como lo recordaban; muchos caían en cuenta que un detalle del tránsito había valido la pena. No obstante el tránsito era sólo eso: un recorrido, un trayecto, nada tangible, nada real, sólo un vago recuerdo construido con mucha dificultad.

No tránsito

Chau apurado para Buenos Aires


Linda estás hoy, Buenos Aires (a pesar de Macri). Aun tras la tormenta madrugona de hoy y el pronóstico de lluvia permanente abriste el cielo pa despedirnos, porque a ambos nos gusta el sol. Agradezco el detalle y apuro el chau nomás para no ponernos sentimentales (no es de malevos como nosotros, viste?). Me voy porque tengo la peculiaridad de ser hombre y no viento o sombra o ectoplasma chocarrero o algo etéreo que me permita quedarme y a la vez partir o teletransportarme. Ni pedo. Uno es lo que es y ya está. Si puedes, alguna tarde mándame hasta el norte un airecillo de esos que corren por tus calles y doblan, imprudentes, tus ochavas; que lleve un olor a bifecito (o bifito, para decirlo en porteño) de chori asándose en alguna de tus terrazas; que incluya algunos gritos festivos del piberío (sí, esto se lo plagie a Eladia), olor a mate, a fiambrería y visiones de sol sobre los capós de los taxis más lindos del mundo; resguarda el tesoro de Núñez siempre (tu mayor riqueza, para mí). No quiero ponerme espeso, yo que de plomo soy muy a menudo. Distendamos entonces: chauchas totales.

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