Entrevista con Luisa Iglesias en IMER, por “Los condenaitos y otras historias de impiedad”


El Sistema Nacional de Noticiarios del IMER, Instituto Mexicano de la Radio, encabezado por Elia Baltazar, hizo este podcast de la charla con Luisa Iglesias acerca de “Los condenaditos y otras historias de impiedad”. Lo comparto y agradezco nuevamente a Elia, a Luisa y a su equipo el espacio, el tiempo y la amabilidad. Enlace a la charla: https://cutt.ly/OiVm9h0

Detalles del libro: https://cutt.ly/3iVDGOe

Los condenaditos y otras historias de impiedad, en la UPVM


Impresionado y contento con la amplia participación en esta charla, ideada por Juan Nicolás Becerra Hernández y apoyada por la Universidad Politécnica del Valle de México, en la que tuve chance de hablar acerca de “Los condenaditos y otras historias de impiedad” (Rayuela 2020), así como de libros, cine, lectura y otros temas. Se trata de la primera emisión del ciclo “Por cada lectura una aventura”, foro de lectura en vivo organizado y moderado por Juan con el apoyo de la UPVM. Acá el testimonio en video:

En Revista Algarabía: “Los condenaditos y otras historias de impiedad”, obsequio


La revista Algarabía de este mes trae pilón. Cómprenla y participen en su Dichosa palabra para ganarse Los condenaditos y otras historias de impiedad.

Fotografía con Rulfo


—Es evidente: usted replica una marcada línea, conservadora y anticuada, que recuerda a Vargas Llosa.

—¿En mi obra o en mi discurso? –pregunté, hondamente desconcertado.

—No, no; no conozco ni su obra ni su discurso. Me refiero a su peinado -respondió el otro.

—En realidad solo me peino así cuando estoy crudo, de esa forma desvío la atención de mi rostro en ruinas, de Estas ruinas que ves, para decirlo con Ibargüengoitia.

—Se ve que está crudo a menudo -dijo el otro con suficiencia y apagó su cigarro, el tercero que consumía en menos de 20 minutos. Su rostro mofletudo y pesaroso, su voz pausada de moribundo, se me hicieron familiares y así lo manifesté:

—De pura casualidad, ¿no se apellida usted «Rulfo»?

—Y además me llamo Juan. ¿Por qué hace la pregunta?

—Porque si usted es Juan Rulfo, como supuse al mirarlo, entonces yo no estoy crudo, sino ebrio todavía. O tal vez ya esté muerto y mi vida sea una impostura inversa a la de los vivos que se disfrazan de muertos los días 2 de noviembre.

—Váyase a la chingada.

—¿Cómo? ¿Qué dice?

—Lo que oyó.

—Bueno. Solo hágame un favor. ¿Me toma una foto así, como que no me doy cuenta? Según sé,  usted es buen fotógrafo.

—Váyase a la chingada, le digo.

—Ah, La Chingada, ese lugar al que no se va, sino que solito se llega, ¿no?

—Eso es Comala, no se haga el idiota.

—¿Siempre ha sido tan gruñón?

—[🙄] ¿Si le tomo la foto que pide, va a dejar de estar chingando?

—Le doy mi palabra, que es lo único que poseo.

—También se ve que tiene otras posesiones únicas.

—Ah, ¿sí? ¿Cuáles?

—Hambre y frío.

—Váyase al carajo, Rulfo.

—Allá lo espero con mucho gusto. Y traiga acá -me arrebató el teléfono, maniobró torpemente el encuadre, disparó y aventó el artefacto sobre la mesa-. Ahí tiene su foto. Quien la mire pensará que tiene cara de agrura. Y, ¿sabe? Viéndolo y escuchándolo me recuerda más a Vargas Llosa, y no por su peinado de niño que va a ofrecer flores a la Virgen algún viernes de mayo.

—¿Ah, no? ¿Por qué, entonces?

—Por la cantidad de tarugadas juntas que dice en tan poco tiempo y con tanta convicción.

José Luis Enciso por Juan Rulfo

(De Histeria mínima de todas las cosas)

 

Apuntes sobre “Los panes y los pescados” de Aldo Rosales


De entrada debo decir que es un muy buen hallazgo editorial.

Tenía algo de tiempo que no escribía sobre libros nuevos, soy poco entusiasta en muchos sentidos, entre ellos al acercarme a las novedades que compendian relatos, heráldica comercial de Los panes y los pescados de Aldo Rosales (Ediciones Periféricas, 2018). Además debo confesar que no soy nada religioso y la referencia al milagro bíblico suministrada en la portada de este volumen me hizo percibir ecos misales e incluso culinarios, por lo que retrasé un poco su lectura. Apenas leí los primeros textos comprendí mi error y sospeché un juego conceptual, una apuesta que no se me hizo, finalmente, ni descabellada ni ociosa: cada una de las 27 piezas que componen este artefacto termina siendo la polaroid de un milagro, la captura de un destello, de algún detalle extraordinario en historias cuyas circunstancias nada de extraordinarias tienen: son comunes, diarias, normales; hablan de vida, recuerdos, muerte, enfermedad, azar; de hijos, novias, vecinos, amigos. ¿Qué me ha atraído para apuntarlo aquí, si tan ordinario parece, entonces? La hechura, ¿qué más? 

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Hay libros que asombran y paralizan; existen otros a los que, por el contrario, quisiéramos meterles mano de tan cercanos que terminan leyéndose. Estamos ante uno de los segundos. Aquí los asombros que produce no son de tipo contemplativo sino que incitan al lector a construir el relato junto con los personajes, la autoría ilusoriamente se reparte debido a la idea de cercanía que el autor logra insulfar a sus narraciones. Y lo consigue valiéndose de varios mecanismos.

Hablemos de las circunstancias en las historias. Si las decrépitas vecinas del departamento contiguo se suicidan es motivo de escándalo y morbo, en cualquier lugar y situación, no lo neguemos. Lo natural es morir, lo peculiar es la forma, lo improbable, lo no cotidiano, es consignar esa ausencia por el silencio, a través de una delagadísima pared, que suple las vocalizaciones de las clases de inglés que aquellas mujeres tomaban. La sinécdoque, en este caso, es un tajo contundente, ¿a poco no?

Hablemos de personajes. Premeditadamente no son delineados a profundidad, lo cual permite que los describan sus acciones. No los conocemos del todo, no sabemos su pasado, entonces los hechos nos cuentan mucho, como suicidarse así, sin aviso, sin apelar a la compasión del lector pero mostrando que todas y cada una de las acciones se justifican si volvemos apenas unas líneas antes. No sabemos qué piensan exactamente o qué sienten los seres que ahí se relacionan. El peso de la acción es irrefutable y traslada pensamiento y sensaciones al lector.

Podríamos desarticular y analizar más relatos, no obstante ha sido un exceso hacerlo ya con uno. Es una muestra de que en cada ficción de las aquí estudiadas juegan igualmente historia, personajes y situación; al final, casi en todas las piezas, nos quedamos pensando en lo leído más tiempo del que tardamos en leerlo. Todo propiciado por relatos de apenas una cuartilla, cortes de una realidad que terminan siendo muestras precisas del resto, de aquellas vidas, porque eso es a lo que nos asomamos, a vidas complejas perfiladas con apenas unos cuantos trazos; el autor, quirúrgico dibujante, cocinero avispado, recoge en poca sustancia la esencia y convierte sus cuentos en disparadores de sentido, en persuasivas muestras de otro universo que el lector recibe como en una cata.

Tras esto podrá acotárseme que estoy describiendo una minificción correcta en función del canon del género, que eso no implica superpoder alguno sino el trabajo de un escritor aplicado, lo cual incluso sería ya suficiente. Y es ese punto el que me llama la atención y quiero destacar: su valor radica no en que estemos ante historias extraordinarias o superpoderosas, sino en la habilidad literaria que en ellas percibo —las 27 no se leen como un exceso—, una habilidad que se aleja, por fortuna, de la fórmula discursiva cercana al chiste aforístico y al meme que ha invadido a eso que conocemos como microficción, en muchas ocasiones origen de la trivialización de ideas que pudieron llegar a más y que ha rasgado la etiqueta del género ante los ojos miopes de algunos defensores de la altísima literatura.

Otro aspecto que quiero destacar de esa habilidad literaria es la forma precisa y general, a la vez, de escribir —vaya contradicción mía, vaya equilibrio del autor Rosales—, la cual consigue que los textos admitan lecturas con más de una lente, que sean pequeñas crónicas y también cuentos y también micronovelas. Un crítico medianamente capacitado podría diagramar con mucha mayor exactitud lo que yo apenas relato desde la superficie y el deleite; con suerte podremos leer otras notas que desentrañen la estirpe de estos relatos, sus referentes, sin embargo el valor final que yo quisiera resaltar en el libro es justamente el valor —la valentía— para no adornar de más lo contado: el narrador se nota poco —su mayor habilidad, pues se llega a intuir y a compartir la tentación por saborear alguna frase— y logra dar a cada texto una tensión especial mediante el buen uso de la contención; el silencio, la pausa, en ocasiones dicen más que varios gritos juntos. Y hay contención en quien escribe, en los personajes, en las situaciones, todo vinculado en una promesa de que algo explotará y es entonces cuando el mismo lector se tensa al sentir que entra en un campo minado donde en cualquier momento hallará el destello del que hablé al inicio de estos apuntes, que presenciará un pequeño milagro hasta entonces secreto.

También de salida debo decir que es un muy buen hallazgo editorial.

Acerca del cuento: entrevista en Radio México Internacional


Comparto esta entrevista que me hizo Rita Abreu para Radio México Internacional, acerca del cuento y del Premio Nacional Beatriz Espejo obtenido con «Lo que pasa por la mente de un tirador». La introducción y las fotos son de Laura Fernández. Agradezco el espacio y el tiempo, a Laura a Rita y al IMER. Lee y escucha aquí.

Foto: Laura Fernández