El jardín de Marcela y Viking, de Humberto Rivas


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Los abrazos caníbales, libro de cuentos de Humberto Rivas, se inicia así: «La noche acecha tras los rascacielos / Es la hora de los abrazos caníbales (Octavio Paz)». El epígrafe le ajusta muy muy bien a esta obra en la que las bestias son demasiado humanas y viceversa, unidas por el deseo y la antropofagia, en una ciudad siempre nocturna aun cuando no sea de noche. El editor de la obra, Daniel Goldin, detalla en la cuarta de forros aún más este carácter sórdido: «Incluso cuando se le retrata de día, su luz es de neón y lo que allí sucede es natural y extraordinario, como en los sueños… o en las pesadillas».

Con este volumen, Humberto Rivas obtuvo el Premio Nacional de Cuento Bellas Artes (entonces «San Luis Potosí», ahora «Amparo Dávila») en 1994. Lo publicó Océano en 1998 y, como suele pasar con los libros de cuento, es infrecuente en las estanterías, por no decir que es una rareza.

Hace tiempo, tras leer este libro intenté una colección propia llamada Onirografías, motivado por estos relatos, de la cual si algo rescato es esa palabreja que le da título, pues bien puede aplicar para los cuentos de Rivas: pueden ser leídos como escrituras desde los sueños, amenazantes, lúbricas, a veces dolorosas, brutales siempre.

Comparto acá dos de los relatos incluidos en Los abrazos caníbales, lo hago a manera de muestra y porque, lo decía, el libro ya no se encuentra con facilidad.

El jardín de Marcela

Se descolgaban a través de la ventana, raspaban los vidrios con la cola y con las garras. Marcela observaba a los animales, pardos, antiguos. Ella misma era un animal, un animal babeante y triste; su cola no era escamosa sino de seda, la larga cola negra de su vestido de seda.

Otros animales la llamaban, pero ¿de dónde provenían sus gritos?, ¿acaso esos llamados pertenecían al lenguaje de Marcela? Quizá sólo eran sonidos que imaginaba. Tal vez el único animal de su especie era ella.

No eran flores negras, mojadas por la lluvia nocturna lo que veía Marcela desde su cuarto; tampoco sombras que se formaban y se deformaban; eran las caras de las iguanas, interrogantes, las que asomaban a la ventana. Creía oír el sonido lejano de la selva, aunque se encontraba a muchos kilómetros de distancia. Las alimañas viajaban desde allá o eran transportadas por los campesinos. Cuando no eran los camaleones, eran las cucarachas gigantes, o los moscos, las libélulas, las culebras de agua. El jardín de Marcela hervía de arácnidos, de volátiles venenosos y de sapos.

Marcela aguardaba con la vista clavada en la ventana. Lo escucharía llegar y juntaría fuertemente los muslos, los esfínteres. Y permanecería de pie ante la ventana, acoplando el ritmo de su respiración al inflarse y desinflarse de los cuellos de las iguanas. Él la tomaría por los hombros; al ver que ella se resistía, que estaba rígida, comenzaría a despojarla de su vestido negro, de sus medias negras. Mordería dulcemente el cuello y la espalda.

Él nunca veía a las iguanas porque un asco antiguo se le subía a la garganta y casi lo hacía vomitar.

Marcela se creía fluvial; mascarón de proa su cara blanca, nobles los huesos de la frente y de las clavículas.

Él también pensaba que Marcela era fluvial; un canal de aguas estancadas. Sin embargo la visitaba. Vuelta de espaldas, como siempre, marcela lo hacía experimentar las más desgarradoras sensaciones.

Sin ser un animal fulgurante, él era aceptado tras esa ventana.

Se encontró cruzando el jardín bajo una tormenta tropical; en las baldosas resbaladizas sorteaba culebras, signos, manchas palpitantes. Su gabardina escurría al abrir la puerta. Depositó el paraguas en le paragüero blanco: un cuervo de alas destrozadas en un cilindro de marfil. Llamó a Marcela quedamente, calmosamente desde la penumbra. Ella emitió un suspiro pero no se movió de su sitio. Él avanzó hasta la nuca y depositó un beso mojado. Marcela buscó el pene y lo colocó entre las piernas. Esa vez no fue la sensación húmeda primero; sintió una rugosidad extraña. Se mantuvo en esa posición por unos instantes, hasta que notó un golpeteo entre las piernas de Marcela; dio un enérgico paso atrás y la impulsó contra la ventana. Marcela daba gritos agudos sin soltar al animal. Lucharon hasta que él la dominó y pudo arrancarle a la iguana del vientre tirando de la cola escamosa. Marcela siguió gritando y jadeaba con las manos entre las piernas. Él corrió las cortinas y limpió la sangre de la frente de Marcela, la arropó y estuvieron un rato en silencio.

Afuera, en el jardín, ascendía un zumbido como de chicharras que envolvía toda la casa, petrificándola.

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Viking

Estás metido en el agua hasta los tobillos. Una lámpara te calienta la cabeza, casi calva. A estas alturas, recordar a la Viking se ha vuelto una zarza ardiente. La recuerdas ebria de placer. Estaba desnuda y palpitante bajo tu cuerpo desnudo; sudaba tanto y era también como si combatiera…

Circulaba por calles que te eran familiares. Recuerdas una melena rubia, un cuerpo alto y macizo enfundado en mezclilla. La sospecha de que conocía todos los trucos, la sensación de que junto a ella no desaparecería tu poder de experimentar cualquier dolor físico a voluntad. Una mirada gris y profunda, un rostro desesperado e inaccesible. Su voz como rota, también te arrimó a ella.

Una noche te hizo un largo relato autobiográfico. Parecía que contar era lo único que le entusiasmaba. Tú lo creíste todo a medias, como debe ser. Pintó un cuadro de infancia: clínicas, separaciones, jeringas, enfermeras, desolación, dolor… Estaban bebiendo, recuerdas. Cuando la abrazaste y comenzaste a besarla, tu corazón percutió enloquecido. Estás seguro de que te clavó algo en el pecho. La Viking metida en la traición, fulgurante. Practicando su deporte, haciendo su cábala. Recuerdas su frente arqueada, sus ojos enormes y grises y un hilo de sangre entre sus finos dedos. Después caíste en una salvaje modorra.

Quizás después fue cuando te colocó un ancho cinturón con el producto. Y te echaste a la calle a repartir los esplendores. Luego de eso, todo fue como un tobogán: sonidos desgarrándose sobre tu cabeza, casi calva, y una vez más el dolor que podías hacer que se produjera a voluntad: en el brazo, en la nuca, en la planta del pie…

Y cuando volvías a ella, su cuerpo desnudo era como una aparición, surgiendo esculpido de la oscuridad cada vez que encendías un cerillo. Reía y te acariciaba. En esos momentos no podías hacer que los dolores acudieran. En ese instante fue cuando debiste saber que la Viking te traicionaba, que te iba a hacer la gran jugada.

Puedes inventar que te engañó. Puedes inventar que de noche las avenidas de la ciudad se convierten en frías líneas de luz, que es una gran pantalla de juegos y que un Dios perverso, infantil y fantasioso juega con ella y sus muñecos; los quiebra o los hace resplandecer. Puedes inventar que la ciudad huele a gasolina y al perfume de la Viking. Lo que no puedes inventar, a estas alturas y con el agua a los tobillos, es el olor salvaje de sus axilas, de sus ingles, de su sexo, de su boca, ni sus dientes feroces de animal de jungla alrededor de tus labios hinchados, ni su caricia leve por tu estómago, por tus muslos, rozando apenas su deseo, mientras repetía su propio nombre, embarrándotelo en la boca, en los párpados, en la frente, en las mejillas, tratando de dejártelo ahí, como una rencorosa advertencia.

No. Ahora tampoco puedes hacer que vuelvan los dolores. Parece todo tan inapropiado, ahora que estás metido en el agua hasta los tobillos, cegado, con una lámpara que calienta tu cabeza y los guardias hirsutos, carcajeantes, cruzando albures, recomienzan su labor para sacarte la información, quién es la Viking, qué lazos tienes con ella, dónde hallar a los demás contactos, cómo la conociste. Y tú, con ella en la cabeza, harto de ella y hambriento de ella, no sabes decirles nada.

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70 años de cine en el Centro Cultural Bella Época


Aun cuando el Centro Cultural Bella Época llegará a sus primeros siete años de operaciones, en abril próximo, el inmueble que lo alberga cumplió, el 25 de diciembre, 70 años de haberse inaugurado como un cine de lujo. Yo tengo el privilegio de laborar ahí desde hace algún tiempo y me he dado a la tarea de investigar un poco de su historia que he compartido en una crónica publicada por el diario mexicano Excélsior. Comparto el enlace a la página en PDF de la versión impresa y el enlace a la versión online.

Aquí, algunas imágenes históricas que he ido recopilando en internet:

Charles Lee por Witzel
Charles Lee, arquitecto, por Witzel

Bella Época

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Adiós agradecido a un año de actividades culturales en el FCE


Con el enlace a este video quiero agradecer a todas las personas que han colaborado en la realización de actividades culturales, durante 2012, en el Centro Cultural Bella Época y la Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica (Tamaulipas 202, col. Hipódromo Condesa, México, DF.) y han apoyado el trabajo del equipo al que pertenezco. Mis mejores deseos para el año que pronto se iniciará:

Diez situaciones estúpidas en una librería


La imagen no tiene relación con el sitio de los hechos descritos

Como algunos saben, debido a mi trabajo paso varias horas al día metido entre libreros, ya humanos ya estantes de madera. Llevo algún tiempo en esto, así que ha sido inevitable ir recopilando frases y situaciones absurdas ocurridas ahí, y en sitios similares, que me han permitido hacer esta brevísima  antología. He sido testigo de algunas de las cosas que leerán aquí; otras me han sido referidas por gente cercana que ha presenciado casos similares en otras tiendas de libros. Créanlo o no, el contenido se basa en hechos reales, salvo en un caso que es ficticio. Apuesto a que dada la naturaleza disparatada de lo mencionado pocos descubrirán cuál es esa licencia argumental que me ha permitido cerrar este top en número par. Por cierto, las citas empleadas no son textuales,  algunos elementos han sido retocados con ánimo exclusivamente estético:

De los clientes:

1 ¿Cómo que “por el momento no tenemos red”? Yo a diario vengo a trabajar aquí, traigo mi laptop y me conecto a internet, usted me ha visto; desde aquí trabajo, porque su red es gratuita y no tengo que gastarme el dineral que cobran en otros lados, así que, dígame, ¿quién va a pagarme todo lo que estoy perdiendo por no poder trabajar, a ver, quién?

2 ¿Por qué tengo que pagarle el libro? Mi hijo no quería romperlo, ¿verdad, papito? Si todavía no sabe leer, ¿cómo va a saber hojear los libros? ¡Si son tan delicados entonces no los pongan al alcance de los niños!

3 1er acto: el padre y la madre miran cómo su chiquillo juega a subir y bajar corriendo unas escaleras. Ellos charlan despreocupadamente. 2do acto: el niño berrea porque ha perdido el equilibrio y al caer se ha roto un diente. Acto final: Los padres exigen hablar con el gerente y amenazan a todo el mundo con que los demandarán porque sus instalaciones están mal hechas y son un peligro para los clientes.

4 Un fotógrafo anciano, evidentemente perturbado, llama a una patrulla; “teme por su vida”, pues un vigilante de la librería se le ha acercado para indicarle que debe dejar sus pertenencias en el guardarropa; el viejo, histérico, hace escándalo y dice que teme que el guardia lo mate; jura que no se moverá de la entrada sino hasta que alguien de la tienda lo acompañe al Ministerio Público. Y que nadie intente disculparse, porque no está dispuesto a negociar. Además dice que enviará una carta al presidente de la República, e inculpará al vigilante de cualquier cosa que pueda pasarle, incluso “un accidente”.

5 Un hombre se acerca a las mujeres con el fin de obtener sus datos: correo electrónico, número de teléfono; arguye que quiere hacerles sesiones de fotos. Apenas se percata de que un vigilante se acerca para dar auxilio en caso que las acosadas requieran ayuda el tipo se queja de “acoso” del vigilante.

De los vendedores:

1 -¿Puedo quitar el plástico para hojear el libro y ver si me sirve? –pregunta el cliente. -No, primero tiene que comprarlo.

2 -¿De Alma Díaz? No tengo registrada ninguna editorial con ese nombre –dice el vendedor. -Le dije Almadía. -Por eso, no me aparece en el sistema ninguna Alma Díaz.

3 -¿Y cuándo cree conseguirme el libro? –pregunta un hombre con cara de “ya me fregué”. -Híjole, yo le recomendaría que lo buscara en otra librería –responde un sincero trabajador del lugar.

4 -No tenemos ese libro, señor. -Pero si acabo de verlo en la vitrina de novedades. -Ah, ¿sí?

5 -¿Borges? –Sí, déjeme ver si está en la sección de novelas.

¿Algo les suena familiar? ¿Cuál creen que sea la situación ficticia? (Sólo es una, que conste)