Apuntes sobre “Los panes y los pescados” de Aldo Rosales

“…se aleja, por fortuna, de la fórmula discursiva cercana al chiste aforístico y al meme que ha invadido a eso que conocemos como microficción, en muchas ocasiones origen de la trivialización de ideas que pudieron llegar a más y que ha rasgado la etiqueta del género ante los ojos miopes de algunos defensores de la altísima literatura…”


De entrada debo decir que es un muy buen hallazgo editorial.

Tenía algo de tiempo que no escribía sobre libros nuevos, soy poco entusiasta en muchos sentidos, entre ellos al acercarme a las novedades que compendian relatos, heráldica comercial de Los panes y los pescados de Aldo Rosales (Ediciones Periféricas, 2018). Además debo confesar que no soy nada religioso y la referencia al milagro bíblico suministrada en la portada de este volumen me hizo percibir ecos misales e incluso culinarios, por lo que retrasé un poco su lectura. Apenas leí los primeros textos comprendí mi error y sospeché un juego conceptual, una apuesta que no se me hizo, finalmente, ni descabellada ni ociosa: cada una de las 27 piezas que componen este artefacto termina siendo la polaroid de un milagro, la captura de un destello, de algún detalle extraordinario en historias cuyas circunstancias nada de extraordinarias tienen: son comunes, diarias, normales; hablan de vida, recuerdos, muerte, enfermedad, azar; de hijos, novias, vecinos, amigos. ¿Qué me ha atraído para apuntarlo aquí, si tan ordinario parece, entonces? La hechura, ¿qué más? 

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Hay libros que asombran y paralizan; existen otros a los que, por el contrario, quisiéramos meterles mano de tan cercanos que terminan leyéndose. Estamos ante uno de los segundos. Aquí los asombros que produce no son de tipo contemplativo sino que incitan al lector a construir el relato junto con los personajes, la autoría ilusoriamente se reparte debido a la idea de cercanía que el autor logra insulfar a sus narraciones. Y lo consigue valiéndose de varios mecanismos.

Hablemos de las circunstancias en las historias. Si las decrépitas vecinas del departamento contiguo se suicidan es motivo de escándalo y morbo, en cualquier lugar y situación, no lo neguemos. Lo natural es morir, lo peculiar es la forma, lo improbable, lo no cotidiano, es consignar esa ausencia por el silencio, a través de una delagadísima pared, que suple las vocalizaciones de las clases de inglés que aquellas mujeres tomaban. La sinécdoque, en este caso, es un tajo contundente, ¿a poco no?

Hablemos de personajes. Premeditadamente no son delineados a profundidad, lo cual permite que los describan sus acciones. No los conocemos del todo, no sabemos su pasado, entonces los hechos nos cuentan mucho, como suicidarse así, sin aviso, sin apelar a la compasión del lector pero mostrando que todas y cada una de las acciones se justifican si volvemos apenas unas líneas antes. No sabemos qué piensan exactamente o qué sienten los seres que ahí se relacionan. El peso de la acción es irrefutable y traslada pensamiento y sensaciones al lector.

Podríamos desarticular y analizar más relatos, no obstante ha sido un exceso hacerlo ya con uno. Es una muestra de que en cada ficción de las aquí estudiadas juegan igualmente historia, personajes y situación; al final, casi en todas las piezas, nos quedamos pensando en lo leído más tiempo del que tardamos en leerlo. Todo propiciado por relatos de apenas una cuartilla, cortes de una realidad que terminan siendo muestras precisas del resto, de aquellas vidas, porque eso es a lo que nos asomamos, a vidas complejas perfiladas con apenas unos cuantos trazos; el autor, quirúrgico dibujante, cocinero avispado, recoge en poca sustancia la esencia y convierte sus cuentos en disparadores de sentido, en persuasivas muestras de otro universo que el lector recibe como en una cata.

Tras esto podrá acotárseme que estoy describiendo una minificción correcta en función del canon del género, que eso no implica superpoder alguno sino el trabajo de un escritor aplicado, lo cual incluso sería ya suficiente. Y es ese punto el que me llama la atención y quiero destacar: su valor radica no en que estemos ante historias extraordinarias o superpoderosas, sino en la habilidad literaria que en ellas percibo —las 27 no se leen como un exceso—, una habilidad que se aleja, por fortuna, de la fórmula discursiva cercana al chiste aforístico y al meme que ha invadido a eso que conocemos como microficción, en muchas ocasiones origen de la trivialización de ideas que pudieron llegar a más y que ha rasgado la etiqueta del género ante los ojos miopes de algunos defensores de la altísima literatura.

Otro aspecto que quiero destacar de esa habilidad literaria es la forma precisa y general, a la vez, de escribir —vaya contradicción mía, vaya equilibrio del autor Rosales—, la cual consigue que los textos admitan lecturas con más de una lente, que sean pequeñas crónicas y también cuentos y también micronovelas. Un crítico medianamente capacitado podría diagramar con mucha mayor exactitud lo que yo apenas relato desde la superficie y el deleite; con suerte podremos leer otras notas que desentrañen la estirpe de estos relatos, sus referentes, sin embargo el valor final que yo quisiera resaltar en el libro es justamente el valor —la valentía— para no adornar de más lo contado: el narrador se nota poco —su mayor habilidad, pues se llega a intuir y a compartir la tentación por saborear alguna frase— y logra dar a cada texto una tensión especial mediante el buen uso de la contención; el silencio, la pausa, en ocasiones dicen más que varios gritos juntos. Y hay contención en quien escribe, en los personajes, en las situaciones, todo vinculado en una promesa de que algo explotará y es entonces cuando el mismo lector se tensa al sentir que entra en un campo minado donde en cualquier momento hallará el destello del que hablé al inicio de estos apuntes, que presenciará un pequeño milagro hasta entonces secreto.

También de salida debo decir que es un muy buen hallazgo editorial.

Acerca del cuento: entrevista en Radio México Internacional


Comparto esta entrevista que me hizo Rita Abreu para Radio México Internacional, acerca del cuento y del Premio Nacional Beatriz Espejo obtenido con «Lo que pasa por la mente de un tirador». La introducción y las fotos son de Laura Fernández. Agradezco el espacio y el tiempo, a Laura a Rita y al IMER. Lee y escucha aquí.

Foto: Laura Fernández

 

El jardín de Marcela y Viking, de Humberto Rivas


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Los abrazos caníbales, libro de cuentos de Humberto Rivas, se inicia así: «La noche acecha tras los rascacielos / Es la hora de los abrazos caníbales (Octavio Paz)». El epígrafe le ajusta muy muy bien a esta obra en la que las bestias son demasiado humanas y viceversa, unidas por el deseo y la antropofagia, en una ciudad siempre nocturna aun cuando no sea de noche. El editor de la obra, Daniel Goldin, detalla en la cuarta de forros aún más este carácter sórdido: «Incluso cuando se le retrata de día, su luz es de neón y lo que allí sucede es natural y extraordinario, como en los sueños… o en las pesadillas».

Con este volumen, Humberto Rivas obtuvo el Premio Nacional de Cuento Bellas Artes (entonces «San Luis Potosí», ahora «Amparo Dávila») en 1994. Lo publicó Océano en 1998 y, como suele pasar con los libros de cuento, es infrecuente en las estanterías, por no decir que es una rareza.

Hace tiempo, tras leer este libro intenté una colección propia llamada Onirografías, motivado por estos relatos, de la cual si algo rescato es esa palabreja que le da título, pues bien puede aplicar para los cuentos de Rivas: pueden ser leídos como escrituras desde los sueños, amenazantes, lúbricas, a veces dolorosas, brutales siempre.

Comparto acá dos de los relatos incluidos en Los abrazos caníbales, lo hago a manera de muestra y porque, lo decía, el libro ya no se encuentra con facilidad.

El jardín de Marcela

Se descolgaban a través de la ventana, raspaban los vidrios con la cola y con las garras. Marcela observaba a los animales, pardos, antiguos. Ella misma era un animal, un animal babeante y triste; su cola no era escamosa sino de seda, la larga cola negra de su vestido de seda.

Otros animales la llamaban, pero ¿de dónde provenían sus gritos?, ¿acaso esos llamados pertenecían al lenguaje de Marcela? Quizá sólo eran sonidos que imaginaba. Tal vez el único animal de su especie era ella.

No eran flores negras, mojadas por la lluvia nocturna lo que veía Marcela desde su cuarto; tampoco sombras que se formaban y se deformaban; eran las caras de las iguanas, interrogantes, las que asomaban a la ventana. Creía oír el sonido lejano de la selva, aunque se encontraba a muchos kilómetros de distancia. Las alimañas viajaban desde allá o eran transportadas por los campesinos. Cuando no eran los camaleones, eran las cucarachas gigantes, o los moscos, las libélulas, las culebras de agua. El jardín de Marcela hervía de arácnidos, de volátiles venenosos y de sapos.

Marcela aguardaba con la vista clavada en la ventana. Lo escucharía llegar y juntaría fuertemente los muslos, los esfínteres. Y permanecería de pie ante la ventana, acoplando el ritmo de su respiración al inflarse y desinflarse de los cuellos de las iguanas. Él la tomaría por los hombros; al ver que ella se resistía, que estaba rígida, comenzaría a despojarla de su vestido negro, de sus medias negras. Mordería dulcemente el cuello y la espalda.

Él nunca veía a las iguanas porque un asco antiguo se le subía a la garganta y casi lo hacía vomitar.

Marcela se creía fluvial; mascarón de proa su cara blanca, nobles los huesos de la frente y de las clavículas.

Él también pensaba que Marcela era fluvial; un canal de aguas estancadas. Sin embargo la visitaba. Vuelta de espaldas, como siempre, marcela lo hacía experimentar las más desgarradoras sensaciones.

Sin ser un animal fulgurante, él era aceptado tras esa ventana.

Se encontró cruzando el jardín bajo una tormenta tropical; en las baldosas resbaladizas sorteaba culebras, signos, manchas palpitantes. Su gabardina escurría al abrir la puerta. Depositó el paraguas en le paragüero blanco: un cuervo de alas destrozadas en un cilindro de marfil. Llamó a Marcela quedamente, calmosamente desde la penumbra. Ella emitió un suspiro pero no se movió de su sitio. Él avanzó hasta la nuca y depositó un beso mojado. Marcela buscó el pene y lo colocó entre las piernas. Esa vez no fue la sensación húmeda primero; sintió una rugosidad extraña. Se mantuvo en esa posición por unos instantes, hasta que notó un golpeteo entre las piernas de Marcela; dio un enérgico paso atrás y la impulsó contra la ventana. Marcela daba gritos agudos sin soltar al animal. Lucharon hasta que él la dominó y pudo arrancarle a la iguana del vientre tirando de la cola escamosa. Marcela siguió gritando y jadeaba con las manos entre las piernas. Él corrió las cortinas y limpió la sangre de la frente de Marcela, la arropó y estuvieron un rato en silencio.

Afuera, en el jardín, ascendía un zumbido como de chicharras que envolvía toda la casa, petrificándola.

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Viking

Estás metido en el agua hasta los tobillos. Una lámpara te calienta la cabeza, casi calva. A estas alturas, recordar a la Viking se ha vuelto una zarza ardiente. La recuerdas ebria de placer. Estaba desnuda y palpitante bajo tu cuerpo desnudo; sudaba tanto y era también como si combatiera…

Circulaba por calles que te eran familiares. Recuerdas una melena rubia, un cuerpo alto y macizo enfundado en mezclilla. La sospecha de que conocía todos los trucos, la sensación de que junto a ella no desaparecería tu poder de experimentar cualquier dolor físico a voluntad. Una mirada gris y profunda, un rostro desesperado e inaccesible. Su voz como rota, también te arrimó a ella.

Una noche te hizo un largo relato autobiográfico. Parecía que contar era lo único que le entusiasmaba. Tú lo creíste todo a medias, como debe ser. Pintó un cuadro de infancia: clínicas, separaciones, jeringas, enfermeras, desolación, dolor… Estaban bebiendo, recuerdas. Cuando la abrazaste y comenzaste a besarla, tu corazón percutió enloquecido. Estás seguro de que te clavó algo en el pecho. La Viking metida en la traición, fulgurante. Practicando su deporte, haciendo su cábala. Recuerdas su frente arqueada, sus ojos enormes y grises y un hilo de sangre entre sus finos dedos. Después caíste en una salvaje modorra.

Quizás después fue cuando te colocó un ancho cinturón con el producto. Y te echaste a la calle a repartir los esplendores. Luego de eso, todo fue como un tobogán: sonidos desgarrándose sobre tu cabeza, casi calva, y una vez más el dolor que podías hacer que se produjera a voluntad: en el brazo, en la nuca, en la planta del pie…

Y cuando volvías a ella, su cuerpo desnudo era como una aparición, surgiendo esculpido de la oscuridad cada vez que encendías un cerillo. Reía y te acariciaba. En esos momentos no podías hacer que los dolores acudieran. En ese instante fue cuando debiste saber que la Viking te traicionaba, que te iba a hacer la gran jugada.

Puedes inventar que te engañó. Puedes inventar que de noche las avenidas de la ciudad se convierten en frías líneas de luz, que es una gran pantalla de juegos y que un Dios perverso, infantil y fantasioso juega con ella y sus muñecos; los quiebra o los hace resplandecer. Puedes inventar que la ciudad huele a gasolina y al perfume de la Viking. Lo que no puedes inventar, a estas alturas y con el agua a los tobillos, es el olor salvaje de sus axilas, de sus ingles, de su sexo, de su boca, ni sus dientes feroces de animal de jungla alrededor de tus labios hinchados, ni su caricia leve por tu estómago, por tus muslos, rozando apenas su deseo, mientras repetía su propio nombre, embarrándotelo en la boca, en los párpados, en la frente, en las mejillas, tratando de dejártelo ahí, como una rencorosa advertencia.

No. Ahora tampoco puedes hacer que vuelvan los dolores. Parece todo tan inapropiado, ahora que estás metido en el agua hasta los tobillos, cegado, con una lámpara que calienta tu cabeza y los guardias hirsutos, carcajeantes, cruzando albures, recomienzan su labor para sacarte la información, quién es la Viking, qué lazos tienes con ella, dónde hallar a los demás contactos, cómo la conociste. Y tú, con ella en la cabeza, harto de ella y hambriento de ella, no sabes decirles nada.

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Érase un perro, de Alfonso Reyes: acerca de nuestra mansedumbre


Este breve texto está inspirado en un can feo y callejero que conmovió a Alfonso Reyes en alguna de sus tantas visitas a Cuernavaca y que le sirve para exponer acaso las tribulaciones de ciertas almas humanas, aquellas que hallan tranquilidad en la resignación, el conformismo y la servidumbre. Apareció originalmente en el hoy extinto periódico Novedades el 27 de diciembre de 1953, seis años antes de la muerte del autor. Con apenas página y un párrafo, logra un efecto disparador como la microficción, de hecho yo le llamo “ensayo”, pero bien pasa por artículo, cuento y crónica.

Érase un perro

Por la terraza del hotel, en Cuernavaca, como los inacabables mendigos y los insolentes muchachillos del chicle, van y vienen perros callejeros, en busca de un bocado. Uno ha logrado conmoverme.

Es un pobre perro feo, pintado de negro y blanco, legañoso y despeinado siempre. Carece de encantos y de raza definida, pero posee imaginación, lo que lo enaltece en su escala. Como el hombre en el sofista griego —fundamento del arte y condición de nuestra dignidad filosófica—, es capaz de engañarse solo.

alfonso reyes y su perro alí en buenos aires
Alfonso Reyes y el perro Alí (Buenos Aires, 1927)

Se acerca siempre sin pedir nada, a objeto de que la realidad no lo defraude. Se tiende y enreda por los pies de los clientes, y así se figura tener amo. ¿Algún puntapié, algún mal modo, alguien que lo quiere echar de la terraza? El perro disimula, acepta el maltrato y vuelve, fiel: nada solicita, sólo quiere sentirse en dependencia, en domesticidad humana, su segunda naturaleza.

Los amos no son siempre afables, pero él entiende; los tiempos son duros, la gente no está de buen humor, los países andan revueltos, el dinero padece inflación, o sea que el trozo de carne está por las nubes. Toynbee diría que cruzamos una “era de tribulaciones” (age of troubles), algo como haberse metido en una densa polvareda. El perro entiende. Por lo pronto, ya es mucha suerte tener amos, o forjárselos a voluntad.

A veces, una mano ociosa, a fuerza de hábito, le acaricia el lomo. Esto lo compensa de sus afanes: “Sí —se dice meneando el rabo—, tengo amo, amo tengo.”

Hay algo todavía más expresivo cuanto a la ilusión del pobre perro, y es que se siente guardián del hotel, y gruñe a los demás perros y los persigue para que nadie moleste a sus señores ni mancille su propiedad.

Así, de espaldas a sus semejantes, sentado frente a su humana quimera, alza la cabeza, entra en éxtasis de adoración—y menea el rabo. (¿La “servidumbre voluntaria”?)

Fuente: Alfonso Reyes, “Érase un perro”, Las burlas veras. Primer ciento, Obras Completas,  t. XXII, Fondo de Cultura Económica, México,  1990, pp. 429-430.

La última cena, de Héctor A. Murena


El nombre de Héctor A. Murena es leído en la literatura latinoamericana no de manera masiva; se trata de “un autor al que se conoce mucho menos de lo que exigiría su importancia”, dice Guillermo Piro en la antología que el Fondo de Cultura Económica publicó en 2002 con fragmentos de la obra de este escritor argentino. En una búsqueda rápida de su legado en la web pueden hallarse textos notables, salvo el que reproduzco a continuación, un cuento corto que muestra la habilidad narrativa de este autor:

La última cena
Héctor A. Murena
La historia de los trabajos de Leonardo da Vinci es oscura.
La extremada reserva del maestro, el recelo que lo llevó incluso a escribir de derecha a izquierda, el aura de misterio que le conferían las estatuillas de ídolos bárbaros de las que no se separaba, todo en fin, hizo no sólo que muchos lo tuvieran por mago o impío, sino también que numerosas circunstancias de su vida y su obra permaneciesen ignoradas.
Dentro de esta incertidumbre, nada más incierto que el caso de La última cena, del convento de Santa María delle Grazie, en Milán.
Matteo Bandello manifiesta que tardó quince años en ejecutarla y que Ludovico el Moro se enfadaba por la lentitud de su protegé. Sin embargo, Luca Pacioli la da por concluida en 1497, o sea seis años después del establecimiento de Leonardo en Milán.
Una versión de Vasari parece confirmar lo aseverado por Bandello. Narra que el maestro, nunca satisfecho con los modelos que posaban para esa pintura, vagaba por las campiñas vecinas a la ciudad en busca de hombres con rasgos que se aproximaran

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Just do it, ilustración de Adriana Degetau (@adegetau)

a lo que él imaginaba. Así halló a su Cristo, joven leñador de rostro muy hermoso y espiritual. La fortuna en cambio se le había mostrado adversa en cuanto al modelo para Judas Iscariote. Transcurrieron los años y el cuadro continuaba inconcluso, porque al maestro no terminaban de complacerle ninguno de los dispuestos a posar para tal imagen.
Un día en una taberna de los suburbios encontró al hombre con la cara deseada. Comenta Vasari que Leonardo, al examinar al sujeto a la luz, apenas habría podido contener una exclamación, a causa de la exactitud con que aquellas facciones crueles y angustiadas respondían a lo que él había concebido. Pero cuando supo que era el mismo leñador que años atrás posara como modelo para Cristo, el mismo leñador, que desde entonces se había vuelto criminal y ladrón, Leonardo se quedó , por así decirlo, tranquilizado.
Hizo que lo acompañara a su taller, a paso sin duda lento.

Tomado de Visiones de Babel, Héctor A. Murena. FCE, 2002, colección Tierra Firme.

Huellas lectoras en FIL Minería 2016


Jose Luis Enciso FIL Mineria Huellas Lectoras

Siempre es toda una experiencia hablar acerca de la lectura y compartir asombros con quienes asisten a las ferias del libro. En la edición XXVII de la FIL Minería tuve el gusto de hacerlo, invitado por dicha Feria así como por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

Comparto aquí el boletín de ese encuentro el cual no sé si a los asistentes les haya resultado tan revelador como a mí, gracias a la estupenda entrevista que me hizo Raquel Portillo (enlace a la fuente)

Inició el ciclo “Huellas lectoras” con la presencia del escritor y promotor cultural José Luis Enciso

  • Feb 24, 2016
 José Luis Enciso Martínez es narrador y promotor de la cultura, especialmente de la lectura. Actualmente es jefe de Actividades Culturales y Comunicación Digital del Fondo de Cultura Económica (FCE), además de llevar un blog llamado “Bitácora de naufragios”. Como parte de las actividades del Programa Libro Club CDMX de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, el escritor se presentó en la XXXVII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), donde, junto a la moderadora Raquel Portillo Casarreal, habló sobre su trayectoria como lector.

Enciso Martínez relató sus primeras experiencias lectoras, que ocurrieron cuando pudo juntar dos palabras para darles un significado y se dio cuenta de que más palabras juntas contaban una historia. A ese “acto de magia”, como lo llamó, lo relaciona desde entonces con la actividad de leer.

En su casa no había muchos libros y describió que tuvo una infancia solitaria; su mamá—quizá como un acto de compensación, apuntó— le compró algunos. A los siete años le dio un ejemplar enorme de Don Quijote de la Mancha, que lo asustó un poco por su tamaño y la cantidad de palabras contenidas. Para los 15 años, ya leía ávidamente cosas como El retrato de Dorian Gray, de Wilde. Actualmente sus escritores favoritos son, en su mayoría, latinoamericanos, como Borges y Cortázar. Pero su “libro de cabecera” es Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. En segundo lugar, está La invención de Morel, que utiliza más para la bibliomancia: “es una especie de oráculo, a veces le hago preguntas al libro y elijo una página y un párrafo al azar”; con esta técnica —que recomendó no hacer— ha encontrado respuestas a sucesos de su vida.

Mientras estudiaba Periodismo y Comunicación Colectiva, se interesó en la escritura y empezó a hacer reseñas literarias que se publicaron en diarios como Milenio, El Universal y el suplemento “Posdata”, del desaparecido diarioEl independiente.

Curiosamente, ha ganado premios literarios españoles, como el Max Aub (Valencia, 2005), Narrativa Breve Canal Literatura (Murcia, 2009) y Ciudad de Zaragoza (2012); pero nunca un premio nacional. Decidió meter una obra al Max Aub cuando tenía 28 años. “Cuando uno no ha publicado se siente más osado para hacer cosas”, afirmó. Su amigo Luis Felipe Lomelí había ganado el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadez, y eso lo impulsó a enviar su texto Los condenaditos —publicado después en la Editorial española Pre-Textos— al concurso Max Aub. “Éramos dos jóvenes escritores que querían comerse el mundo”, explicó, refiriéndose a Lomelí y él.

Para el escritor, el proceso o experiencia de la lectura no termina cuando se cierra la cubierta del libro o se termina un texto: continúa cuando se escribe y finaliza en la promoción cultural.

“La mejor forma de promover la lectura es el chisme”, expresó, citando al escritor y ensayista Alberto Manguel. Y fue la necesidad del chisme la que lo movió a convertirse en promotor cultural, “como cuando lees y algo te asombra y quieres compartirlo con alguien”.

Su labor en el FCE consiste en dirigir un equipo de promoción cultural física —como presentaciones de libro y charlas— y digital, en donde buscan atrapar “nuevos públicos en nuevos soportes”. Aclaró que las plataformas van más allá de Facebook y Twitter: uno de sus proyectos más recientes fue crear perfiles falsos en la red social Tinder de los personajes de la novela Noticias del Imperio, de Fernando del Paso. También organizó un concurso internacional de booktubers para la celebración de los 25 años de la colección “A la orilla del viento” en el cual participaron niños de 9 a 15 años de México, Argentina y otros países.

José Luis Enciso se siente “muy afortunado de hacer lo que le gusta”. Piensa que en cuanto al fomento de la lectura “siempre hay que implementar otros mecanismos” como las redes sociodigitales. Aconsejó al público, conformado en su mayoría por jóvenes, a estar atentos a las ofertas culturales que se les presenten, no sólo de lectura, sino de música y otras expresiones. “No dejen que les impongan lecturas. A veces nos vemos obligados a leer un libro para la escuela. Pero que eso no los espante. Leer no te hará feliz, pero va a hacer preguntarte más cosas, impulsar y potenciar tu forma de ser”, concluyó.

D.J.S.I.

Jose Luis Enciso Fil Mineria 2016

Festejos del Día del Libro en el Centro Cultural Bella Época


Este año, los festejos del FCE por el Día Mundial del Libro y los Derechos de Autor tendrán una nutrida agenda. Comparto la lista de actividades en PDF y algunas imágenes: Cartelera 2a quincena de ABRIL 2013

Cartel Día del Libro