Érase un perro, de Alfonso Reyes: acerca de nuestra mansedumbre


Este breve texto está inspirado en un can feo y callejero que conmovió a Alfonso Reyes en alguna de sus tantas visitas a Cuernavaca y que le sirve para exponer acaso las tribulaciones de ciertas almas humanas, aquellas que hallan tranquilidad en la resignación, el conformismo y la servidumbre. Apareció originalmente en el hoy extinto periódico Novedades el 27 de diciembre de 1953, seis años antes de la muerte del autor. Con apenas página y un párrafo, logra un efecto disparador como la microficción, de hecho yo le llamo “ensayo”, pero bien pasa por artículo, cuento y crónica.

Érase un perro

Por la terraza del hotel, en Cuernavaca, como los inacabables mendigos y los insolentes muchachillos del chicle, van y vienen perros callejeros, en busca de un bocado. Uno ha logrado conmoverme.

Es un pobre perro feo, pintado de negro y blanco, legañoso y despeinado siempre. Carece de encantos y de raza definida, pero posee imaginación, lo que lo enaltece en su escala. Como el hombre en el sofista griego —fundamento del arte y condición de nuestra dignidad filosófica—, es capaz de engañarse solo.

alfonso reyes y su perro alí en buenos aires
Alfonso Reyes y el perro Alí (Buenos Aires, 1927)

Se acerca siempre sin pedir nada, a objeto de que la realidad no lo defraude. Se tiende y enreda por los pies de los clientes, y así se figura tener amo. ¿Algún puntapié, algún mal modo, alguien que lo quiere echar de la terraza? El perro disimula, acepta el maltrato y vuelve, fiel: nada solicita, sólo quiere sentirse en dependencia, en domesticidad humana, su segunda naturaleza.

Los amos no son siempre afables, pero él entiende; los tiempos son duros, la gente no está de buen humor, los países andan revueltos, el dinero padece inflación, o sea que el trozo de carne está por las nubes. Toynbee diría que cruzamos una “era de tribulaciones” (age of troubles), algo como haberse metido en una densa polvareda. El perro entiende. Por lo pronto, ya es mucha suerte tener amos, o forjárselos a voluntad.

A veces, una mano ociosa, a fuerza de hábito, le acaricia el lomo. Esto lo compensa de sus afanes: “Sí —se dice meneando el rabo—, tengo amo, amo tengo.”

Hay algo todavía más expresivo cuanto a la ilusión del pobre perro, y es que se siente guardián del hotel, y gruñe a los demás perros y los persigue para que nadie moleste a sus señores ni mancille su propiedad.

Así, de espaldas a sus semejantes, sentado frente a su humana quimera, alza la cabeza, entra en éxtasis de adoración—y menea el rabo. (¿La “servidumbre voluntaria”?)

Fuente: Alfonso Reyes, “Érase un perro”, Las burlas veras. Primer ciento, Obras Completas,  t. XXII, Fondo de Cultura Económica, México,  1990, pp. 429-430.

La cortesía y la contingencia sanitaria


Si México no hubiese tomado las medidas de distanciamiento social, protección personal y atención médica oportuna para enfrentar la gripe porcina, el virus podría haber matado al menos a ocho mil 605 personas, según un modelo de impacto potencial elaborado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) divulgado hoy.

No sé qué tan precisa sea la cifra de la OPS, pero resulta consoladora, pues aún es común escuchar y leer lamentos (en medios de comunicación y en redes sociales) de gente que anhela volver a apapachar y a saludar con besos a sus cercanos, luego de verse impedidos a hacerlo debido a las medidas destinadas a prevenir contagios de A H1N1. El cariño es irreprimible (si se me permite el terminajo), pero hay quien lo lleva al extremo. Eso me hace pensar que la cortesía expresada en un saludo se convierte entonces en una manifestación que, ante la mínima ausencia o interrupción, termina siendo una gran pérdida emocional.
Hay un ensayo del escritor Javier Cercas en el que hace una vindicación de la cortesía, aborda lo mal entendida que está y sus relaciones con el respeto y los afectos. Parte de una sencilla pregunta (de ecos carverianos): “¿De qué hablamos entonces cuando hablamos de cortesía?”
Con un argumento que se basa en Schopenhauer, Cercas recuerda que los hombres son como los erizos, quienes si permanecen solos se mueren de frío, mientras que si se acercan demasiado se hieren con sus púas. El ensayo no tiene pierde y es breve. A mí me ha servido para reflexionar acerca del empecinamiento por apapacharnos (a veces varias veces al día, lo cual, ante una contingencia sanitaria, resulta incluso incomprensible). En ocasiones, creo, no vendría nada mal tomar un poco de frío, aun sin emergencias de ningún tipo.

Aquí el ensayo: La cortesía de los erizos.

La nota completa de la OPS, en Excélsior.

Vargas Llosa acerca de Onetti


vargaswithonettiEn la Revista Ñ leo una muy buena entrevista a Mario Vargas Llosa. Trata acerca de su nuevo ensayo El viaje a la ficción, una disección de la obra de Juan Carlos Onetti, quien, por cierto, a diferencia de lo que se dice en la ficha biográfica que acompaña al texto, nació en 1909, no en 1904.
De esa entrevista tomo nota de lo que a mi juicio es lo más relevante de lo dicho por Vargas Llosa:

*No he escrito nunca ensayos literarios sobre autores que no me hubieran impresionado mucho, que no me hubieran provocado un gran placer, de los que no haya aprendido muchas cosas. Y desde luego es el caso de Onetti.

*Es uno de los primeros, sino el primer escritor de lengua española, en hacer una literatura absolutamente moderna, además utiliza una prosa desligada de la tradicional, inventa una a partir de un lenguaje oral, simula la oralidad. Por otra parte, me impresiona mucho el mundo tan personal de Onetti; creo que era uno de esos escritores en los que la imaginación nace de la autobiografía. Más que nada, quizá, de las limitaciones, frustraciones o vacíos que experimentaba en su manera de vivir. Había en él una curiosa contradicción: por una parte, era un hombre muy inteligente, culto; por otra, era muy desvalido, mal preparado para de la lucha por vivir. Era un hombre que no hacía concesiones, tenía horror a hacerlas, o sea que en la vida real estaba condenado a ser siempre muy marginal, a tener una existencia más bien mediocre. Por otra parte, era una persona que sentía muy claramente qué había en él, tanto desde el punto de vista intelectual como moral, una jerarquía respecto a tanta gente que lo rodeaba. Creo que de todo eso él hace literatura, es uno de esos escritores que se vuelca, en lo mejor y en lo peor que tiene, en lo que escribe.

*Onetti llegó a tener mucha simpatía por Arlt y mucha admiración. Y sin ninguna duda hay una huella, aunque en Arlt era mucho más caótico todo, más espontáneo, más anárquico que en él. Pero hay una cierta huella en la visión un poco apocalíptica de las cosas.
Lo interesante, en el caso de Onetti, es que sus personajes derrotados al final escapan a través de la ficción. A algunos eso los lleva a suicidarse —hay una gran cantidad de personajes suicidas en Onetti— pero los que no se suicidan, escapan por la fantasía.

*El mundo de Onetti es un mundo machista, desde luego, pero donde los hombres por lo general son débiles.

(Foto  y texto tomados de Revista Ñ. Ver contenidos completos.)

—JLE